Instituciones imperfectas y funcionales

En el verano de 1787, los llamados Padres Fundadores de los Estados Unidos estuvieron reunidos en la ciudad de Filadelfia durante cuatro largos y calurosos meses, enfrascados en una Convención Constitucional que trataba de sentar las bases de un nuevo tipo de sociedad que estuviera basada en el derecho y la libertad. Se cuenta que al finalizar la convención, un ciudadano le preguntó a Benjamín Franklin, quien era delegado por el Estado de Pensilvania: “Y bien, doctor, ¿qué fue lo que se logró? ¿una monarquía o una república?”, a lo cual Franklin contestó con orgullo: “Una república… si ustedes son capaces de conservarla”. Treinta años más tarde, el Libertador, Simón Bolívar, no ocultaba su gran admiración por el ordenamiento constitucional de los Estados Unidos y aspiraba a que sus instituciones fueran replicadas en América Latina.

Han transcurrido 213 años desde aquel verano en Filadelfia, y nadie puede poner en duda que los estadounidenses hasta ahora han sido capaces de mantener viva esa república que con aguda visión y genio incomparable les legaron sus Padres Fundadores. Y no sólo la han mantenido, sino que han hecho de ella la nación más libre y próspera que haya conocido la historia de la humanidad.

La Constitución de los Estados Unidos hasta el día de hoy es básicamente la misma desde que fuera creada en 1787, y sólo ha experimentado algunos mínimos ajustes o enmiendas. Las instituciones en ella contenidas —aunque lejos de ser perfectas— han funcionado excelentemente bien durante más de dos siglos. Los convencionales que dieron vida a esas instituciones estaban muy claros que ellas eran la creación de un grupo de hombres falibles e imperfectos, y jamás pretendieron lo contrario. En ningún momento intentaron “soluciones finales”, como sí pretendieron con infinita arrogancia los líderes de aquellos sistemas políticos derivados de la ideología socialista, como son el comunismo y el nazismo. Y mucho menos aún se les escuchó expresar frases necias e insensatas como la de aquéllos que algún día en Nicaragua se atrevieron a decir que: “la historia empieza con nosotros”.

Y aunque aquellas instituciones han demostrado fortaleza y funcionalidad por tanto tiempo, siguen siendo creaciones humanas, y por lo tanto no debería de sorprendernos el hecho de que en estos momentos una de ellas —la que tiene a su cargo la selección del presidente de la República— haya entrado en una crisis profunda y esté siendo sometida a prueba. A 9 días de haberse celebrado las elecciones presidenciales, el sistema no ha podido dar respuesta al dilema planteado por un acontecimiento cuya ocurrencia se consideraba altamente improbable, como fue el virtual empate entre los candidatos de los dos partidos políticos principales.

Fuera de los Estados Unidos, la crisis ha servido para hacer mofa del sistema político estadounidense y para divertir a algunos, como al Presidente Arnoldo Alemán, que el lunes pasado reveló que se acuesta en su hamaca a ver televisión y a reírse con las informaciones que sobre el problema brinda el canal CNN. Otros han considerado propicia la ocasión para tratar de denigrar la democracia estadounidense, como es el caso del diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, que el miércoles 8 recién pasado calificó editorialmente a los Estados Unidos como “república bananera”. Y en Nicaragua tampoco faltó quien en un diario local manifestara su desprecio ante lo que él considera la vaciedad de la democracia norteamericana: “La modélica democracia no lo era tanto. Sólo faltaba rascar un poco”, nos advertía el apasionado escritor.

Creemos que las expresiones de gozo ante la crisis que pasa Estados Unidos no se justifican, y mucho menos aún creemos que la crisis —por profunda que ella sea—, no sea superable. A través de su historia, ese país ha enfrentado problemas enormes, y de todos ha salido airoso y preservando siempre en alto la bandera de la libertad. Esperemos que esta vez esa gran nación triunfe una vez más, y que aquellas palabras que hace 212 años pronunciara Thomas Jefferson sean una realidad: “La democracia es incómoda, lenta e ineficiente, pero a su debido tiempo la voz del pueblo será escuchada, y su latente sabiduría prevalecerá”.   

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