La Conversión Personal para la Transformación Social

Ministerio Arquidiocesano de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”

La historia de la humanidad demuestra que las estructuras más sofisticadas resultan ineficaces mientras no se verifique un cambio profundo de mentalidad en los hombres, ya que existe una íntima relación entre la conversión personal y la transformación social, de tal manera que no se puede dar la segunda sin la primera.

Para el Apóstol San Pablo convertirse significa renovarse en lo más profundo de la mente, cambiar, por decirlo así, las estructuras mentales, el mundo interior, el corazón, el propio yo. Por mucho que se piense y se diga que la Iglesia cansa al insistir y persistir en lo mismo: La de convertirse y creer en el Evangelio adaptando la vida personal al mensaje y el criterio de Cristo, será prácticamente más que difícil imposible un auténtico cambio social en Nicaragua.

La revolución social, sueño y necesidad de muchos hombres y pueblos, no puede darse sin la revolución espiritual, se dará cuando la conversión sea un estado permanente en el funcionario público, en el maestro de escuela, en el catedrático universitario, en el oficinista y el hombre y la mujer de fábrica, en cada ciudadano, en cada persona.

Cuando la Iglesia de Cristo habla del Reino de Dios está hablando de un nuevo estado de cosas, de un mundo nuevo y mejor, de una transformación radical en cada hombre y en la sociedad entera, nos está diciendo que la clave de todos los problemas que afligen y agobian a los pueblos, está precisamente en el reinado de Cristo o en hacer la voluntad de Dios en el hogar y en la nación, en todo el mundo, “…así en la Tierra como en el Cielo”.

Convertirse es cambiar de rumbo o dirección, para lo cual se necesita dar la vuelta o la espalda a una vida negativa por egoísta, que busca sólo suprimir o aplastar al otro en provecho propio, a una vida de indiferencia o yoqupierdismo frente al más débil o de alguna manera en desventaja, es decir, ante el excluido, el marginado, el material y moralmente necesitado.

Pero la conversión no significa dar la vuelta a cualquier lado ni dar la cara a cualquier cosa. En la conversión se da la espalda al pecado para empezar a caminar de cara hacia Dios, y todo aquél que enrumba su vida de cara a Dios se encuentra, necesariamente, con el rostro vivo del hermano, porque acoger la paternidad divina conlleva acoger la fraternidad humana; al descubrir al Padre Celestial descubrimos que es Padre de muchos otros hijos, nos damos cuenta de que es el Padre Nuestro. El convertido no es alguien que queda “sacado” de este mundo o ligado a Dios sin conexión alguna con la realidad terrena; al contrario, la conversión a Dios implica el tomar en serio la realidad temporal que le corresponde transformar, mejorar y, en lo posible, acabar. El cristiano es un entusiasta de la restauración de todas las cosas en Cristo. Y entre estas cosas que piden ser restauradas están la política, la economía, el sistema judicial, el trabajo, la justicia social…

Los cristianos de los primeros tiempos impactaron por la grandeza de su amor en su entorno social. Los Hechos de los Apóstoles destacan que “gozaban de buena fama” ante los demás; éste fue uno de los factores más fuertes para que la Iglesia creciera con la extensión del Evangelio, para que el mundo de entonces cambiara su manera de pensar y de actuar.

Cristo nos llama a ser luz y sal de la Tierra, fermento de la humanidad. Pero no podemos ser luz si colocamos la lámpara debajo de la cama, ni sal si a la sal le quitamos su sabor, ni tampoco fermento si evitamos mezclarnos… así el mundo jamás será nuestro, así no seremos de Cristo.

Cuando un hombre se convierte a Cristo, si esa conversión es profunda y radical, la sociedad sale beneficiada, pues no sólo su conciencia personal es la que convierte, sino que ayuda con su testimonio de vida, con la nueva forma de desempeñar la actividad o actividades en que se desenvuelve, a cambiar su ambiente concreto.

La transformación de la sociedad hunde su raíz en la conversión personal, porque no puede hacer sociedad nueva sin hombres nuevos.  

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