Consecuencias del derecho a votar

  • El resurgimiento de la izquierda no fue por la poca capacidad del pueblo para elegir, sino más bien por la incapacidad de las autoridades en consolidar la democracia

Eduardo Duque Estrada*

El voto popular, practicado por la mayor parte de los países de Occidente es, con todos sus fallos, el método más justo de elección de autoridades para un país. Aún así, el practicar esta elección no garantiza buenos resultados, ya que perfectamente podemos elegir a las personas equivocadas, o a personas buenas que en situaciones de presión tomen decisiones erróneas.

Pero aún cuando sea el voto la condición primordial para tener democracia, lo importante no es su hecho sino al fin su propósito, el cual es permitir que la mayoría elija el camino a seguir desde todos los aspectos del quehacer humano; relaciones exteriores, libertad de expresión, seguridad, salud, educación, manejo de la economía, etc.

Obviamente, no todas las decisiones que competen a la sociedad se resuelven mediante el voto popular, pues sería imposible un plebiscito para consultar cada asunto; razón por la que el voto es un instrumento indirecto de participar en las decisiones de interés nacional, ya que su función práctica es elegir a las autoridades, quienes son las que tomarán tales decisiones por nosotros.

Al final de los setenta, los nicaragüenses, en su mayoría cansados de la inclinada postura de las autoridades hacia la coerción, la falta de libertad y la ausencia de objetivos sociales, escogió un método poco convencional y violento de reemplazar a sus autoridades.

De esta revolución surgieron nuevas autoridades, las cuales no fueron escogidas popularmente, pero en el desorden imperante se les permitió tomar el rol como tal, ya que parecían el único grupo organizado para tomarlo. Por diez años intentaron cambiar el status quo, muchas veces procediendo contra valores humanos básicos, como el deseo de paz, la religión, la familia, la privacidad, la propiedad y la libertad de expresión, con la intención de favorecer los objetivos sociales contra los individuales (según ellos). Pero el exceso de centralización de responsabilidades en la autoridad para resolver todos los problemas sociales, culturales, políticos y económicos del país, los llevaron al fracaso. Al final, después de presiones militares, económicas y políticas se trató de resolver el conflicto preguntándole al pueblo su opinión; en otras palabras, se pensó en intentar otra vez (o por primera vez) el modelo democrático, iniciando por su base, la elección popular de las autoridades, con los resultados por todos conocidos.

De aquí surge nuestra interrogante; ¿se ha equivocado al elegir nuestro pueblo a sus gobernantes? Pareciera que no, pues se eligió a doña Violeta sobre Ortega en el 90, y a Alemán sobre Ortega en el 96. ¿Que mejor resultado que rechazar al marxismo por la reconciliación, la libertad y el progreso? Difícilmente los intelectuales más connotados del país podrían haber elegido mejor.

¿Qué ha sucedido entonces? Obviamente, el elegir a las autoridades es sólo el primer paso y nos hace falta mucho más para poder alcanzar el calificativo de democracia. En las elecciones municipales la izquierda ha tenido un notable resurgir, pero no debido a la falta de capacidad del pueblo para elegir, sino más bien por la incapacidad de las autoridades para cumplir con la consolidación de la democracia, que es en sí lo que el pueblo viene pidiendo desde el 79. Salvando un poco a doña Violeta, quien gobernó en excepcionales circunstancias, nuestras autoridades presentes y en general, desde 1979 han sido mediocres en su labor de gobernar. Pero mi punto no termina aquí. Para tener democracia es ante todo necesario tener vocación democrática entre los pobladores y las autoridades del país, los cuales deben respaldar y velar por el buen funcionar de nuestras instituciones, los pilares del sistema democrático, como son el Poder Judicial, el Legislativo, el Electoral y el Ejecutivo. Y en Nicaragua, todos fallan y éste es el verdadero problema. Jugamos a democracia porque tenemos elección popular de autoridades, pero nuestras instituciones, y nuestro pueblo parecen no estar preparados para administrar y mucho menos entender la democracia. La izquierda encontró la senda del triunfo electoral –aunque sólo sea municipal– y el pueblo tampoco se confundió esta vez, pues ha mandado un mensaje claro; no hay confianza en las instituciones del Estado, lo que repercute en votos de protesta (PC) y abstencionismo (indiferencia); votos que al fin y al cabo pueden permitir a “los muchachos” regresar en el 2001.

*El autor es economista

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