* Mario Alfaro Alvarado
Cuando Luis Somoza -por mandato de la Corte Internacional de La Haya- entregó a Honduras el llamado “territorio en litigio”, la población miskita que vivía al norte del Río Coco prefirió como nicaragüense abandonar aquellas tierras fértiles y vivir en las tierras pobres del sur, porque estas tierras y no aquellas son Yatama (Nuestra Madre Tierra). Si esto no es una muestra de sublime patriotismo ¿qué es entonces, patriotismo?
Durante la década perdida, el pueblo miskito emprendió un éxodo masivo hacia Honduras, perseguido tenazmente por las fuerzas represivas del sandinismo. Adultos, jóvenes, niños y ancianos caminaron por días bajo las inclemencias del tiempo y la hostilidad del terreno hasta encontrar refugio al otro lado de la frontera.
El pueblo miskito también brindó su cuota de sangre, muerte y sacrificio cuando combatió contra el totalitarismo sandinista en las filas de la resistencia y por propia iniciativa en grupos aislados.
Ellos, como el resto de combatientes por la libertad, sacrificaron sus vidas, sufrieron heridas y mutilaciones en las acciones de guerra y se identificaron en el ideal común de todos los nicaragüenses: el derecho a elegir.
Desde 1821 hasta 1990, el pueblo de Nicaragua siempre votó, pero nunca eligió. Las dos últimas guerras, las más cruentas de la historia nacional, primero contra una dictadura de derecha y después contra una de izquierda, fueron para conquistar el derecho a elegir libremente. Al amparo de ese derecho se realizaron las elecciones de 1990, las primeras libres y limpias de la historia vernácula, y sobre ese mismo derecho se “montó” pérfidamente este gobierno, empecinado en destruir ese gran ideal patrio y volver al voto neutralizado por los fraudes electorales.
Abandonados, olvidados, menospreciados desde la independencia, al pueblo miskito lo anima un nuevo espíritu. El espíritu de afirmarse como legítimos ciudadanos de este país. Varias cosas han cambiado en la comunidad miskita. Muchos de sus líderes son universitarios, la alfabetización y el estudio están propiciando en ellos cambios notorios en su estructura social. Son consecuentes que el régimen tribal de gobierno heredado de sus antepasados, debe ser sustituido por un gobierno fundamental en la elección de sus autoridades locales. Es la justa demanda que nace del derecho a elegir, firmemente arraigado en la mente y en la conciencia del pueblo miskito.
Sabe el pueblo de Nicaragua que la Ley Electoral es un engendro del pacto libero-sandinista y que el instrumento para imponer el pacto es el Consejo Supremo electoral. El triunfo del frentismo en Managua fue un error de cálculo de los liberales que les hizo perder la Alcaldía capitalina; pero mayor error ha sido impedirles a los miskitos que participen en el proceso electoral para elegir a sus propias autoridades, porque con eso han acentuado aún más las diferencias entre el Pacífico y el Atlántico.
Con la abstención y la protesta colectiva, el pueblo miskito ha ofrecido a la opinión nacional e internacional una muestra de solidaridad étnica y de civismo, que las fuerzas democráticas que se oponen al pacto y a la corrupción quizás tengan que imitar en las próximas elecciones del 2001.
Las votaciones del domingo confirman el desprestigio de los partidos y la falta de evolución política desde lo tradicional, gastado y maltrecho hacia nuevas formas de expresión sociopolíticas en procura de mejores condiciones de vida para la ciudadanía, mediante la aplicación de nuevos esquemas programáticos. Las elecciones municipales demostraron una vez más que el abstencionismo, sigue siendo el refugio de los que carecen de estímulos para ir a votar, porque están convencidos de que votarán y no elegirán.
* El autor es periodista