Mucho se ha hablado últimamente, en diversos medios de comunicación, acerca de un movimiento de disidencia dentro del gubernamental Partido Liberal Constitucionalista (PLC), que se autodenomina como el “grupo de los 11”.
El movimiento de disidentes del liberalismo oficialista –que supuestamente está integrado por convencionales y dirigentes intermedios del PLC- se ha dado a conocer al público por medio de comunicados enviados a las redacciones de los medios informativos, así como por una entrevista que algunos de sus integrantes brindaron “secretamente” a un periódico capitalino. En uno de sus comunicados el “grupo de los 11” anunció que saldría a luz inmediatamente después de las elecciones municipales recién pasadas, pero pasó el evento comicial y el misterioso grupo de disidentes liberales continúa amparándose en las sombras.
Como sea, nosotros no nos ocuparíamos de un movimiento político cuyos integrantes y líderes no dan la cara para identificarse públicamente, si no fuera porque las informaciones sobre el asunto han puesto muy nerviosos a algunos altos mandos del PLC y del gobierno, al grado de que fue precisamente por una pregunta sobre el “grupo de los 11” que el Presidente Alemán y sus guardianes de seguridad maltrataron al periodista de LA PRENSA, Jorge Loáisiga; y por ese mismo motivo, el Dr. León Núñez -quien además de ser un prestigioso abogado y convencional del PLC escribe regularmente en LA PRENSA una columna de irónicos comentarios políticos- ha sido insultado y amenazado por personas que también se ocultan en el anonimato pero que se identifican como partidarios del gobierno.
Por otro lado, la existencia de disidentes dentro del PLC no debería tener nada de raro ni ser objeto de angustias y enojos para nadie. En realidad, la democracia presupone que dentro de los partidos políticos fluyan y se toleren opiniones y tendencias diversas, e inclusive que luchen entre ellas en el marco de sus propias regulaciones estatutarias. De hecho, hasta en las organizaciones más monolíticas, como son los partidos comunistas y fascistas, es inevitable que surjan diversas opiniones aunque las disidencias sean reprimidas por las nomenclaturas partidistas.
De manera que si hay disidencias en partidos que son monolíticos, con mayor razón debe haberlas en partidos prebendarios y clientelistas, en los que no sólo hay personas vinculadas por principios e ideales programáticos sino también muchos afiliados cuya lealtad depende de los cargos públicos, de los beneficios que han obtenido y que quieren conservar, o de los beneficios que pretenden alcanzar.
Cuando el Dr. José Antonio Alvarado -ex secretario del PLC, ex ministro de Estado y ex hombre de confianza del Presidente Arnoldo Alemán- defeccionó del gobierno junto con un grupo de sus seguidores, denunció públicamente el autoritarismo y el caudillismo con que se maneja a este partido que ha ejercido el poder político en los últimos 4 años. Otras personalidades del PLC que se han ido -como la ex vice ministra Josefina Vannini- o que permanecen dentro del partido pero son marginados de posiciones relevantes -como el diputado centroamericano Sergio García Quintero y el ex secretario del Banco Central, Dr. León Núñez-, también han dado testimonio de las luchas e inconformidades internas en el partido de gobierno, de manera que el surgimiento espontáneo u organizado de un grupo disidente liberal no tendría porqué sorprender a nadie.
Sin embargo, aunque es comprensible que algunos disidentes liberales constitucionalistas se escondan en el anonimato para evitar las represalias gubernamentales —en el caso de que sean empleados públicos—, la verdad es que no se justifica que lo hagan porque no es correcto enmascararse y esconderse en las sombras para luchar por el derecho a disentir. La democracia es un sistema cristalino de vida, de asociación política y de gobierno; los valores y las prácticas democráticas no se promueven ni se defienden desde el anonimato, sino dando la cara y enfrentando abiertamente a los enemigos de la libertad.
El clandestinaje, cuando logra derrotar a un poder autoritario conduce generalmente a la imposición de nuevas y más oprobiosas formas de opresión. ¿Hasta cuándo van a aprender las lecciones de la historia?