La democracia es una mentalidad

J. Dávila y Castellón

Abraham Lincoln definía la democracia como el gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Definición ésta, por exacta y precisa, totalmente aceptable. Pero, por encima de cualquier definición y antes que nada, la democracia es una mentalidad, una manera de ser o el modo de pensar de un pueblo en materia política; es decir, una convicción tan arraigada en la conciencia colectiva, que el pensamiento, necesaria e inevitablemente, se traduce en acción, hasta llegar a convertirse, tarde o temprano, en una costumbre o forma tradicional de vivir social.

El Vicario de Cristo, el Papa Juan Pablo II, nos dice en Centesimus Annus: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica”. (C.A. 46).

Participación-elección-control-sustitución son palabras indicativas del espíritu de libertad que de por sí anima el ejercicio de la democracia; en realidad, la democracia y la libertad se besan. Por lo mismo, la vivencia práctica de la democracia no puede ser producto de un simple decreto gubernamental ni tampoco es mágica, sino más bien efecto de un proceso educativo lento, muy lento para poder llegar a ser estable o duradera, firme o definitiva; en esto el hogar y la escuela juegan un papel primordial e insustituible. La democracia, como la caridad, comienza por casa… prosigue en la escuela y en la universidad, en la vida profesional o laboral, persevera hasta el fin de la existencia ciudadana, pasa de generación a generación.

El derecho ciudadano al sufragio electoral representa tan sólo una parte o aspecto de la democracia funcional; creer que el respeto al voto en las urnas electorales lo es todo o casi todo para poder decir con entera propiedad que impera el sistema democrático en una nación, significa sostener un concepto demasiado pobre o mezquino respecto al contenido real de la democracia.

En Nicaragua, cuya historia registra incluso una prolongada y férrea dictadura dinástica –el somocismo–, inmediatamente seguida de una cruel tiranía –el frentismo–, que conforman largas décadas de opresión, oscuridad y muerte, resulta lógico y natural que se hable de nuestra “incipiente democracia”, pero la tal incipiencia democrática nuestra de ninguna manera puede servir de base para justificar el desaliento paralizador o el negarnos a contribuir patrióticamente al desarrollo y el fortalecimiento de la democracia.

Las elecciones municipales representan una feliz oportunidad para ejercitar la democracia, para fortalecer la mentalidad democrática, constituye un paso hacia el futuro, una parte del proceso democrático en Nicaragua.

La democracia no es sólo votar; en eso estamos claros; pero es un elemento primordial, la parte de un todo de la que no se puede prescindir, el comienzo de un camino que es preciso recorrer. La abstención puede ser fatal para la democracia y, salvo raras excepciones, no es aconsejable.

La democracia, la estabilidad y perduración de la democracia no descansa tanto en el poder de las armas como en la fuerza moral del pueblo, de un pueblo mental y moralmente maduro en el sentido democrático. El respeto mutuo, la libre expresión de las ideas como fruto de la conciencia de los propios y ajenos derechos y deberes ciudadanos, convierte la contienda electoral en una fiesta patriótica, donde gana el que gana y pierde el que pierde realmente. Entonces el adversario no constituye un enemigo, sino simplemente un conciudadano de pensar político diferente o distinto.

Posee mentalidad democrática el político que busca el bien común, el gobernante que se empeña en procurar la felicidad y el progreso de todos, prescindiendo de partido o color político alguno, quien no busca el poder para enriquecerse o aplastar a sus compatriotas… Elijamos por consiguiente para alcalde a alguien verdaderamente convencido de la superioridad del sistema democrático.

* El autor es profesor de teologí  

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