Ministerio Arquidiocesano de Predicación “Madre de la Nueva Alianza”
Definitivamente, la familia es uno de los espacios educativos del hombre, nos atreveríamos a afirmar que el principal. Por mucho tiempo la política no ha sido incluida debidamente en el espacio educativo familiar. Se nos educó, erróneamente para no meternos en política: “No hay que meterse en política”, “La política es lo más sucio que hay”, “No hablen de política, pues hasta las paredes oyen”, son expresiones de una educación política deformada y alienante, inhibidora, impartida en el seno del hogar nicaragüense, de una deseducación, mejor dicho… Aunque resulta comprensiva la actitud temerosa y proteccionista de nuestros padres y abuelos si tomamos en cuenta el sistema dictatorial y dinástico y la posterior tiranía imperantes por largas décadas hasta el 90 en nuestra patria.
Afortunadamente, vivimos otros tiempos y va despertando en nuestro ambiente no sólo una conciencia cada vez más crítica en el aspecto político, sino, además, un mayor sentido de responsabilidad patriótica que conduce e inspira al pueblo nicaragüense a colaborar en la construcción pacífica de un orden político beneficioso no sólo para unos cuantos, sino para la inmensa mayoría, aceptable para todos.
No únicamente a nivel personal, sino también a nivel familiar, la visión política ha sufrido un cambio en Nicaragua, lo que sin duda estimula la esperanza. Si antes el miedo o el terror nos mantenía inhibidos, ahora, conscientes de nuestros deberes y derechos, queremos ser, nos decidimos a ser, en lo que humanamente nos corresponde, como individuos, como familia y como pueblo, constructores de nuestro propio destino. Como bien nos recuerda Su Santidad Juan Pablo II en la Familiaris Consorcio (44): “La función social de las familias está llamada a manifestarse también en la forma de intervención política…” Todo parece indicar que están superados los tiempos aquellos en que la función social de la familia se reducía prácticamente a la acción procreativa y parcialmente educativa. Los signos de los tiempos reclaman, particularmente del hogar cristiano, una educación integral que incluye, insistimos, la formación política.
Votar es un acto de conciencia, una opción personal, pero, con todo y eso, la reflexión ponderada, el compartir los criterios, analizar objetivamente la situación, los pro y los contra de ésta o aquella elección. Opinar libremente en el hogar sobre política sin acaloramiento ni fanatismo, exponiendo con serenidad los particulares puntos de vista, constituye una forma de ejercitarse democráticamente desde temprana edad; esto influye favorablemente en la toma futura de decisiones. El hogar está llamado a ser la primera escuela de sociabilidad, la primera escuela política.
Con este espíritu de libertad, de respeto mutuo, de fraternidad vivido en el hogar, el cristiano, la familia cristiana puede brindar un valioso aporte en la construcción de una sociedad mejor, pues a la hora de emitir un voto cada miembro de la familia ya habrá razonado suficientemente respecto a la responsabilidad, ante Dios y la Patria, que implica inclinar la voluntad hacia un lado u otro, a favor de un partido o candidato en materia electoral.
Como personas cristianas debemos estar conscientes de que nuestro destino histórico está en las manos amorosas de Dios y si hay alguien que no debe perder la esperanza en que las cosas cambien para mejorar, ese es precisamente el hombre o la mujer de fe. Por esta razón, invitamos a cada ciudadano a no perder el optimismo y a contribuir con entusiasmo al progreso del país, a un progreso integral que nos permita crecer moral, espiritual y materialmente, a vivir en la paz, y la libertad dignas de los hijos de Dios. En estas circunstancias históricas la contribución patriótica se llama voto. Si la familia que reza unida permanece unida, la nación que, en forma consciente y respetuosa vota unida permanece unida.