Orlando López Selva
Este 5 de noviembre los nicaragüenses vamos a escoger a nuestros alcaldes y concejales. El hecho es insignificante, si lo vemos como una práctica democrática más. Pero puede ser el presagio de un renacer de la revolución del 79 que costó tantas vidas, dolor, exilio y pérdida de esperanzas.
Lo trágico es que una de las debilidades de la democracia es que ésta se juega la vida con sus propios detractores. Como en una corrida de toros –aunque estemos condicionados a ver la muerte del toro ante la espada del torero– el resultado puede ser inesperado y funesto: podemos ver el óbito del héroe en la arena, la caída espeluznante del matador.
No podemos definir la democracia a la luz de sus riesgos. Pero siempre son cuestionables sus éxitos en virtud del número de las mayorías. Esto podría ser abominable para los que creen sentirse moralmente superiores o asumen estar más cerca de la verdad. La cuestión acá es que la democracia puede morir en virtud de su propia razón de ser: el demostrar que le da el poder al que más ganas tiene de torcerle el cuello.
Si liberales, conservadores o cristianos-caminantes ganan el poder, la democracia podrá vivir, aunque llegue jadeante a su próxima ruleta rusa. Pero si ganan los sandinistas los riesgos de que ésta muera por asfixia del galardonado en el podio, son inmensamente reales. Y esto es muy probable, muy posible. Sería como abrirle la jaula al monstruo que ya antes devoró a sus prisioneros como un Polifemo.
Sería como haber olvidado la historia que muchos electores –con razón, muy jóvenes– han desconocido: el servicio militar, que siempre será una artimaña cuando se enmontañen los opositores; las confiscaciones que tendrán otro nombre, porque como ha quedado demostrado, el derecho es una cosa de abusos o usufructos semánticos; la descapitalización forzada cuando suban los impuestos; el terror de las turbas, ahora constitucionalizadas, para apedrear todo lo que no pudieron tener porque las injusticias no las pueden enderezar sino que las hacen blanco de sus rencores; o las vociferaciones en la radios cuando se tenga el asidero del falso poder popular porque “la revolución despertó en Nicaragua aunque hubiera caído en Berlín”.
La nomenklatura fslnista regresará con resentimientos más acumulados y rancios. Tendrán más argumentos sentimentales para endilgarle al “neoliberalismo” que no les pudo resolver sus problemas de hambre o pobreza. Se sabrán moralmente superiores ante tantos chavalos cuando justifiquen sus conductas de “manos limpias”, después de tantos años de piñatas, las que usaron como la mejor carta para chantajear a gobiernos democráticos a cambio de no ensangrentar y aterrorizar a toda Nicaragua.
El sandinismo es un mal necesario con el que ciertamente hemos tenido que convivir, pero a quien no necesariamente le tenemos que dar la llave del tanque de nuestro oxígeno.
La democracia es lenta, pero es más segura que el escaso pan que se reparte cuando hacemos colas. Esta esperanza es muy dura de entender cuando no se tiene mucho, pero un mendrugo de pan vale poco a cambio de un futuro para todos.
El argumento de que las condiciones internacionales ahora son diferentes, es ingenuo. Si así fuere, Cuba, Libia y Corea del Norte hubieran sucumbido.
Tristemente, en economía la curva de Kuznets ha demostrado que, inicialmente, en la medida que el desarrollo crece, los más afectados son los grupos vulnerables. Pero, ¿por qué arriesgar el desarrollo, aunque lento, si es más trágico perder la libertad? O, ¿por qué africanizar nuestro porvenir?
Decía Saint-Denis que “todas las artes han producido maravillas, sólo el arte de gobernar ha producido monstruos”.
Yo confío en que la conciencia de los nicaragüenses refute la premisa anterior. No podemos darle las llaves de nuestro futuro al carcelero, sino al gobernante. La muerte del torero ante el monstruo encornado, nunca debe ocurrir.