J. Dávila y Castellón
Se va octubre, pero queda maría. Así es, este mes dedicado especialmente a meditar en los misterios o acontecimientos de nuestra salvación por medio del rezo del Santo Rosario, este mes de octubre, llamado por lo mismo el “Mes de María” por el pueblo fiel, está por despedirse de nosotros y pasará igual que tantas otras cosas en esta vida. Sin embargo, María, la Santísima Virgen Madre de Jesús y Madre Nuestra, queda con nosotros.
“Para llegar a comprender y amar a la Virgen María, se requiere tener antes una experiencia con ella”. Así nos expresaba una joven ex atea que al comienzo de su conversión, por un cristocentrismo mal entendido ponía fuerte resistencia al encuentro personal con la Madre del Señor. Ahora ha consagrado su vida a evangelizar con María, estrella de la evangelización. Descubrir y aceptar el amor maternal de la Virgen María condujo a esta muchacha, según su propia confesión, a vivir su fe cristiana de una manera más sólida y más alegre en el Señor. Se convenció que María no es una competidora de Cristo, sino su Madre y Nuestra Madre que nos lleva a El.
Con toda verdad y razón, nuestros Obispos latinoamericanos nos hablan en Puebla sobre esta experiencia con la Madre Celestial cuando declaran: “El pueblo creyente sabe que encuentra a María en la Iglesia Católica”. “El pueblo creyente reconoce en la Iglesia la familia que tiene por madre a la madre de Dios”. Es la experiencia la que enseña que la Madre de Jesucristo es Madre Nuestra; la Virgen María no es un frío dogma ni una simple teoría enseñados por la Iglesia Católica. Personalmente hemos visto brotar muchas lágrimas de los ojos cristianos que, procedentes del protestantismo, ingresan o regresan a la Iglesia de Cristo y cuentan su encuentro o su re-encuentro con nuestra Madre María, la Madre que nunca se cansa de esperar.
Estamos en el Año Santo o Jubilar, en el que celebramos la Encarnación del Verbo Divino en su 2000 aniversario y, natural y sobrenaturalmente, la figura de la Virgen María no se puede hacer esperar en tan magno evento, tal falla equivaldría a mutilar el Santo Evangelio presentando a su Hijo de Dios no nacido de mujer, es decir, a un Verbo no encarnado o, cuando menos, a un Jesús huérfano, como no lo presenta la Sagrada Escritura. Como muy bien nos dice el Vicario de Cristo, el Papa Juan Pablo II: “La alegría jubilar no sería completa si la mirada no se dirigiese a aquélla que, obedeciendo totalmente al Padre, engendró para nosotros en la carne al Hijo de Dios”. El Papa sabe perfectamente que la Virgen María constituye una experiencia vital e histórica en la vida de los cristianos; él mismo, cuyo lema pontificio es precisamente “Soy todo tuyo” (María), ha experimentado y experimenta sin duda a diario el amor, la bendición y la protección de la Madre de Cristo, la acogida maternal, la atención especial para el Vicario de su Hijo en la tierra. En repetidas ocasiones el Papa actual ha dado público testimonio de la presencia de la Virgen María en su vida. Un año después de haber sufrido el atentado criminal que casi le priva de la vida, declaraba en Fátima: “hace mucho tiempo que tenía intención de venir a Fátima, como ya he tenido ocasión es decir a mi llegada a Lisboa. Sin embargo, desde que sufrí el atentado en la plaza de San Pedro, hace ahora un año, mi mente voló inmediatamente hasta el Santuario para depositar en el corazón de la Madre celestial mi acción de gracias por haberme salvado del peligro. En todo lo que estaba sucediendo veía –no me cansaré de repetirlo–, una especial protección maternal de la Virgen”.
María es una persona que, como a toda persona, se comprende mucho mejor por medio de un tú a tú, a través de la relación, del trato directo y, en este caso, del amor filial. Y esto nos conviene grandemente a nosotros los cristianos, porque mientras más busquemos y nos relacionemos con María, más nos acercaremos e intimaremos con su Hijo Jesús. Entonces, que se vaya el mes de octubre, pero no María.