Don Pablo Marcial Zapata, el pescador.

Marcial, el pescador

Orlando ValenzuelaEspecial/[email protected] Don Marcial Zapata Torres le debe todo lo que ahora es y tiene, al lago Xolotlán, del que una vez se enamoró para no traicionarlo jamás, de lo contrario seguiría trabajando como ayudante de buses interurbanos, ganando una miseria que no le alcanzaría para mantener a su familia. Hace 16 años que se […]

Orlando ValenzuelaEspecial/[email protected]

Don Marcial Zapata Torres le debe todo lo que ahora es y tiene, al lago Xolotlán, del que una vez se enamoró para no traicionarlo jamás, de lo contrario seguiría trabajando como ayudante de buses interurbanos, ganando una miseria que no le alcanzaría para mantener a su familia.

Hace 16 años que se decidió a buscar la vida en el agua, cuando un día se fue a pescar con un chinchorrito de 25 varas con otro compañero, con quien recorrió varios kilómetros de playa hasta que logró agarrar varios guapotes que luego vendía en el pueblo o entregaba a compradores.

Fue un trabajo de mucha constancia, desvelos y largas jornadas en medio de las a veces turbulentas corrientes del lago, pero que al final valió la pena, pues con lo que ganó pudo comprar su propio ranchito y con lo que luego pudo ahorrar compró lo que más anhelaba tener, su propia lanchita para pescar en las partes más profundas del inmenso depósito de agua dulce.

Así fue como logró reunir los 2,500 córdobas que costaba un bote y lo compró con todo y enredador de 300 varas, con el que desde entonces todos los días muy de mañana parte a dejarlo en un punto del lago y al día siguiente va de nuevo sólo a traer los pescados que cayeron en la trampa durante las últimas 24 horas.

Don Pablo dice que la vida de un pescador es dura y muy peligrosa, porque a veces esta actividad le ha costado la vida a muchos, aún con experiencia. “Lo más difícil es estar adentro, luchar con los remos contra el viento”, afirma el viejo pescador. Dice que en una ocasión él venía de Momotombito en su bote con su hijo y una carga de 40 docenas de pescado, cuando de pronto los agarró un fuerte viento que llegaba de todos lados seguido de una tormenta con rayos y estruendosos retumbos que “sólo me faltó llorar y pedirle a Tata Chu que nos salvara, porque ese pencazo de agua no era jugando, con decir que el viento nos llevó a otro lugar, donde esperamos que amaneciera para buscar cómo salir de allí”, dice don Pablo con evidente emoción.  

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