En defensa de la bastardía

Aldo Díaz

Hace mal arnoldo alemán lacayo en tratar de descalificar a un hombre público por su origen bastardo; hace mal por múltiples razones, empezando por su condición de presidente de la República y por su declarada filiación ideológica liberal, una de cuyas banderas es la igualdad de todos los hombres ante la ley.

Pero además –con independencia de que la carga social negativa del calificativo bastardo proviene de la doble moral en que se sustenta el poder, de cualquier naturaleza–, al señor presidente de la República no se le escapa que la bastardía es parte indisoluble de la raíz sociológica de los pueblos conquistados, connatural al mestizaje forzado entre el conquistador y las conquistadas, a quienes nunca aquéllos les reconocen derecho alguno.

Por otra parte, tampoco se le escapa al señor presidente de la República que la pobreza suele imponerse a la buena voluntad, haciendo virtualmente imposible las relaciones conyugales estables o, más dramáticamente, la legalización de una relación estable de pareja, no pocas veces ejemplar; por innecesarios y fútiles no se han hecho estudios al respecto, pero si se hicieran quedaría al descubierto que la mayoría de la población es de origen bastardo, o tiene una impronta de bastardía por sus ancestros.

Por último, también el señor presidente de la República está consciente de que ninguna barrera es resistible al amor, incluida la moral, o más bien la doble moral: buena parte de los hijos bastardos son verdaderos hijos legítimos del amor.

A un hombre público sólo se le puede descalificar por la huella que deja en la historia, con independencia de la moral y de la ideología que, por cierto, tampoco se le escapan a la historia, porque casi siempre inciden directamente en la psicología de sus actores.

A Emiliano Chamorro, entonces, no se le puede descalificar ni por su origen bastardo ni por su ideología conservadora, pero sí por los resultados de su presidencia constitucional (1917-1920) y de su tránsito inconstitucional por la Presidencia, desde el 16 de enero al 25 de octubre de 1926.

Es el juicio histórico, en consecuencia, el que se encarga de descalificar a un hombre público y el señor Presidente de la República, Arnoldo Alemán Lacayo, conoce bien el amplísimo y bien documentado juicio de la historia sobre Emiliano Chamorro.

Igual pasa con muchos personajes públicos de Nicaragua a quienes la historia ha juzgado registrando su origen bastardo, sólo para subrayarlo como posible causa de determinados rasgos de sus liderazgos políticos: Fruto Chamorro y Fernando Guzmán, en el siglo XIX, y Emiliano Chamorro, en el XX, son bastardos que llegaron a la Presidencia de la República; y por el lado revolucionario lo son: Cleto Ordóñez, del siglo XIX, y Augusto C. Sandino y Carlos Fonseca, del siglo XX.

Cuántos personajes históricos tienen una impronta familiar de bastardía, es una pregunta casi imposible de responder; o quizás podría afirmarse que todos: así lo demostraría el escudriñamiento de sus genealogías.

Salvo que la escondan, presionadas por la doble moral, virtualmente ninguna familia se escapa de la bastardía; imposible de ocultar en el caso de las familias que han tenido la oportunidad de rescatar y publicar sus genealogías, como es el caso de los Lacayo, una de las familias ancestrales del presidente de la República, y de tantas otras familias nicaragüenses.

Por ejemplo, quien esto escribe, por parte de su bisabuelo materno es en realidad descendiente de Benjamín Guerra, aunque en el árbol genealógico familiar aparece con el nombre de Luis, una discordancia que en algunos miembros de la familia siembra dudas.

Benjamín Guerra casó con Rosa Camacho, padres de Mariano, Zacarías (el llamado benefactor de los pobres), Rosa y Mercedes, y anteriormente había procreado, con Josefa Benigna Rivas, a Rafael Rivas, es decir, Guerra, hermano de padre de los Guerra Camacho.

Rafael Rivas casó con Dolores Avilés, padres de Vital, Josefa, Efraín, Dolores y Soledad Rivas Avilés; una relación de bastardía dignamente asumida por todos los hermanos Rivas Avilés –en realidad Guerra Avilés– y socialmente reconocida.

Fue tanto el reconocimiento social que en la nota necrológica publicada por la prensa nacional con motivo de la muerte de Rosita Guerra (hermana de Zacarías), se les da el pésame “a sus sobrinos don César Guerra (Lupone) y doña Diana Viola de Zelaya, a don Benjamín Guerra (Lupone) y señora, hoy en Guatemala, a don Gustavo Córdoba y señora (Lola Rivas), a don Emilio Meléndez y señora (Soledad Rivas), a doña Chepita vda. de (Federico) Lacayo [abuelos de los Díaz Lacayo] y a toda la familia doliente”. En otras palabras siempre fue socialmente reconocida la relación de primos hermanos entre los Rivas Avilés y los Guerra Lupone.

Aunque solamente entre quienes practican la doble moral –y entre sus víctimas, que son legiones–, Arnoldo Alemán Lacayo, Presidente de la República, ha ofendido públicamente a la mayoría de los nicaragüenses, y está obligado a una disculpa, igualmente pública.  

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