Algunas personas parecen estar convencidas de que todo capital, fortuna o riqueza que existe en Nicaragua es ilegítimo o de oscura procedencia. Para reforzar esa convicción, alguien escribía recientemente en un diario local que todos los capitales existentes se hicieron desde el poder o bajo su sombra protectora.
Lo anterior, obviamente, es falso. Muchos capitales grandes, medianos y pequeños que hay en Nicaragua son fruto del trabajo honrado y tesonero de quienes lo poseen o de algunos de sus antepasados. Son capitales detrás de los cuales hay muchas horas de desvelo, años de sacrificio y privaciones, disciplina espartana, profundo sentido del ahorro, capacidad empresarial, deseos de superación, amor a la familia… en fin, una serie de hechos y virtudes positivas que hicieron posible que muchas personas y familias pasaran de la pobreza a la riqueza bien habida.
También es cierto, lamentablemente, que hay capitales de procedencia dudosa o que son producto del robo descarado y del abuso de poder. Estos últimos son cuestionables y reprobables. Los primeros, por el contrario, merecen admiración y respeto. Resulta, por tanto, que es muy importante diferenciar entre unos y otros para no perpetuar el mito demasiado extendido de que “detrás de toda fortuna hay cosas que hacen temblar”.
Establecer una clara diferencia es urgente. Si no se hace, se fomenta la falsa creencia de que toda riqueza es mal habida, y eso opera inevitablemente en contra del desarrollo del país. Esto es así porque en tal caso ya nadie desearía llegar a amasar una fortuna legítima como resultado del ahorro, de la inversión, de la disposición de asumir riesgos, y del trabajo duro e inteligente, sino que todo mundo se dedicaría a buscar cómo alcanzar el bienestar y la riqueza por algún medio fácil o delictivo.
La creencia de que todo capital es cuestionable es lo que hace, por ejemplo, que algunas personas decidan ingresar al gobierno, no porque tengan vocación de servicio, sino porque estiman que es el lugar apropiado para enriquecerse rápida y fácilmente. Esa actitud tiende a reforzarse y a generalizarse cuando la gente observa que algunos de los que antes de entrar al sector público no tenían dinero y vivían muy modestamente, aparecen de repente, como por arte de magia o de una piñata generosa, viviendo en grandes casas, con vehículos caros y derrochando dinero a manos llenas. Y lo que es peor, se refuerza aún más por el hecho de que los que se enriquecen indebidamente a la sombra del poder político jamás son enjuiciados ni condenados, y a veces, no se les aplica ni siquiera una sanción moral o social.
Recordemos que los jóvenes aprenden antes que nada a través del ejemplo. Cuando ellos ven que la impunidad campea por todos lados, inevitablemente tomarán nota de ello y tenderán a repetir los vicios que han visto. Después de todo –podrían pensar– fulano o zutano se valió de su cargo en el gobierno, se enriqueció, y ahora vive bien y sin que nadie lo moleste. ¿Por qué no debería de hacer yo lo mismo? Es fácil adivinar el triste futuro que le espera a Nicaragua si se consolida tal actitud. Los padres de familia y los maestros deben entonces estar claros de que existen formas legítimas e ilegítimas de construir un capital. Y mucho más importante aún es hacer que los niños y los jóvenes lo entiendan. Sólo así podrá crearse una cultura productiva y creadora de riqueza. De lo contrario –si se sigue creyendo que todo capital tiene que ser mal habido– no existirán en nuestro país la mentalidad, la actitud y las energías requeridas para construir un futuro de bienestar y prosperidad para todos.