Varias encuestas realizadas en el transcurso del último año indican que una vasta mayoría de jóvenes nicaragüenses desea emigrar. La más reciente descubrió que un 74.5 por ciento de ellos tiene tales intenciones. Aparentemente la juventud no ve un futuro promisorio en su país. Este es un dato altamente preocupante por varias razones. En primer lugar, porque los jóvenes son el mayor capital con el que cuenta una nación. En segundo lugar, porque el desarrollo de Nicaragua requiere de la presencia de una juventud enérgica y bien educada que tenga la capacidad y el deseo de enfrentar los retos que ese desarrollo impone. El inevitable relevo generacional así lo exige, y no es concebible el progreso de una nación sin la existencia de empresarios, profesionales y técnicos competentes y eficientes. Y por último, porque es lamentable ver que la inversión que la sociedad y los padres de familia hacen para educar a sus hijos no rendirá frutos en Nicaragua sino fuera de nuestras fronteras.
A lo largo de la historia de nuestra patria siempre han habido personas que por muy diversas razones han decidido emigrar y fijar su residencia en otro país, pero se trataba de un fenómeno poco común. Igualmente sucedía con los jóvenes que salían a realizar estudios universitarios al extranjero. Una vez graduados, la casi totalidad de ellos regresaba a vivir y a trabajar en Nicaragua. Eran raros y escasos los que se quedaban fuera. Esa fue en general la actitud que prevaleció hasta finales de los años setenta.
Con la llegada del sandinismo al poder en 1979 las tendencias migratorias cambiaron. Los nicaragüenses empezaron a irse masivamente. Cientos de miles de compatriotas que ni remotamente habían considerado la posibilidad de vivir en otro país, se vieron de pronto obligados a hacerlo por las condiciones de vida precarias y asfixiantes que creó la revolución sandinista. El país sufrió una fuerte descapitalización humana e intelectual. Los países centroamericanos y los Estados Unidos fueron los que más se beneficiaron de nuestra capacidad de trabajo. En toda Centroamérica nuestros compatriotas establecieron cantidad de empresas que hoy continúan operando exitosamente y dándole empleo a cientos de personas.
Desde inicios de los ochenta el éxodo no se ha detenido. Lo que ha variado a través del tiempo es la composición de los emigrantes. En un principio fue la clase empresarial y media la que constituyó el grueso de la emigración. Inmediatamente después —y todavía en los años ochenta— esta fue seguida por una gran cantidad de técnicos, obreros y campesinos que sufrían de la escasez y opresión revolucionarias. Ante la postración económica en la que quedó el país al concluir el período revolucionario, la emigración continuó en los noventa, especialmente a Costa Rica.
Sin embargo, también es cierto que desde 1990 muchos han regresado, especialmente jóvenes empresarios y profesionales que trajeron consigo nuevos conocimientos y una gran experiencia de trabajo acumulada en los años de exilio. La mayoría de ellos se encuentra trabajando con entusiasmo en la reconstrucción del país. Pero aunque dinámicos y pujantes como emprendedores, ellos son pocos en relación al total que emigró. Estamos seguros de que Nicaragua dista mucho de recuperarse de la pérdida neta de capital empresarial, profesional y técnico que sufrió como consecuencia del período sandinista.
De ahí que sea de fundamental importancia que el gobierno y la sociedad en general tomen conciencia del grave problema que plantea la actitud manifestada por muchos de nuestros jóvenes. La juventud, por naturaleza, es sensible y ambiciosa. Aspira a un futuro mejor. Esos legítimos deseos deberían poder concretarlos en su propio país. Los adultos tenemos la obligación de infundirle a los jóvenes un amor profundo por la patria. Nuestras acciones y actitudes deben indicarles en todo momento que Nicaragua merece ser amada, y que será grande y próspera en la medida en que trabajemos y nos sacrifiquemos por ella. El ejemplo de los altos funcionarios públicos es crucial, y por eso es necesario que éstos procedan con rectitud y honestidad en el desempeño de sus cargos, y no de la manera abusiva, deshonesta y escandalosa como hasta ahora lo han hecho algunos de ellos.