Pbro. Silvio Fonseca Martínez
El Hijo del Hombre ha venido a dar la vida por la redención de todos.
Lectura del Santo Evangelio, según San Marcos 10, 35-45
En aquel tiempo se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. El les preguntó: “¿Qué es lo que desean?”. Le respondieron: “Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando estés en tu gloria”. Jesús les replicó: “No saben lo que piden: ¿podrán pasar la prueba que yo voy a pasar, y recibir el bautismo con que seré bautizado?” Le contestaron: “Sí, podemos”. Jesús les dijo: “Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concedérselos; eso es para quienes está reservado”.
Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió entonces a los doce y les dijo: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños, y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario, el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor; y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos; así como el Hijo del Hombre no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”.
Palabra del Señor
Lecturas bíblicas: Isaías 53, 10-11/Hebreos 4, 14-16/San Marcos 10, 35-45
En este Domingo Mundial de las Misiones quiero destacar algunas ideas del mensaje que envió el Santo Padre a todos los fieles en el presente año:
Una primera insistencia del Sumo Pontífice es la misión ad-gentes, una tarea que la Iglesia mantiene permanentemente en las llamadas Tierras de Misión, pero queriendo tomar el Jubileo como una oportunidad para retomar esta obligación:
“Dirijo por tanto, una especial y apremiante llamada a todos los bautizados para que, con humilde coraje, respondiendo a la llamada del Señor y a las necesidades de los hombres y mujeres de nuestra época, se hagan heraldos del Evangelio. Pienso en los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos; pienso en los catequistas y los otros agentes pastorales que, a diversos niveles, hacen de la misión (ad-gentes) la razón de ser de su existencia perseverando aún en medio de grandes dificultades. La Iglesia está agradecida a la decisión de aquellos que, muchas veces, ‘siembran entre lágrimas…’ (Salmo 126, 6). Sepan que su esfuerzo y sus sufrimientos no se perderán, sino que constituyen antes bien la levadura que hará germinar en el corazón de otros apóstoles el anhelo de consagrarse a la noble causa del Evangelio. En nombre de la Iglesia les doy gracias y los estimulo a perseverar en su generosidad: Dios les recompensará abundantemente”.
Una segunda alusión es la sangre de los mártires que han dado vida a tantas iglesias, incluso desconocidas por nosotros, pero con el ardiente celo apostólico no vacilaron en derramarla para que ese grano de trigo produjera frutos: “¿Cómo no dedicar aquí un recuerdo especial, cargado de afecto y de conmoción profunda, a tantos misioneros, mártires de la fe que como Cristo han dado su vida derramando su sangre? Han sido innumerables también en el siglo XX, en el que ‘la Iglesia se ha convertido nuevamente en Iglesia de mártires’. Sí, el misterio de la Cruz está siempre presente en la vida cristiana. En la Encíclica Redemptoris Missio escribía: ‘Como siempre en la historia cristiana, los ‘mártires’, es decir, los testigos, son numerosos e indispensables para el camino del Evangelio…’ (n. 45). Vienen a la memoria las palabras de Pablo a los filipenses: “A vosotros se os ha concedido la gracia no sólo de creer en Cristo, sino también de sufrir por él…” (Fil. 1, 29).
El mismo apóstol estimula a Timoteo, su discípulo, a sufrir sin avergonzarse, junto con él, por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios (1 Tim. 1, 8). La eterna misión de la Iglesia y, de modo especial, la misión (ad-gentes) necesita apóstoles dispuestos a perseverar hasta el fin, fieles a la misión recibida, siguiendo el mismo camino recorrido por Cristo, “el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio y del sacrificio de sí hasta la muerte….” (Decr. Ad-gentes, 5). Puedan los testigos de la fe, de los que hemos hecho memoria, ser modelo y estímulo para todos los cristianos, de modo que el anuncio de Cristo sea percibido como cometido propio de parte de cada cristiano.
Una tercera misión es la importancia de tantos catequistas laicos que se han consagrado al trabajo evangelizador y que constituye para la Iglesia una prioridad pastoral, refiriéndose tanto a su preparación como a su sostenibilidad: Los catequistas representan por así decirlo una “inversión en personas”; lastimosamente no siempre se ve así, sino como una “carga” que sin duda irá en detrimento de nuestro quehacer pastoral. ¿Cuál es nuestro presupuesto parroquial para la formación permanente de nuestros agentes evangelizadores, nuestros misioneros por vocación? Leemos textualmente:
“El decreto conciliar sobre la actividad misionera habla de ellos como de ‘esa legión digna de alabanza y benemérita de la Obra de las Misiones entre los gentiles’… Ellos, llenos de espíritu apostólico, prestan con grandes sacrificios una ayuda singular y enteramente necesaria para la propaganda de la fe y de la Iglesia” (Decr. Ad-gentes, 17). Trabajando con gran esfuerzo y celo misionero, constituyen sin duda el sostén más eficaz para los misioneros en múltiples tareas. No pocas veces, por la escasez de ministros, tienen que asumir la responsabilidad de vastas áreas, donde siguen a las pequeñas comunidades, desarrollando la tarea de animadores en la oración, en la celebración litúrgica de la Palabra de Dios, en la explicación de la doctrina y en la organización de la caridad.
Si su tarea es tan importante, más necesaria aún es su formación, es decir, “una preparación doctrinal y pedagógica más cuidada, la constante renovación espiritual y apostólica” (Carta Enc. Redemptoris Missio, 73). Su trabajo es siempre necesario. Espero que el empeño de toda la Iglesia en esta tarea sea cada vez más sentido. La formación de los catequistas, como de todo el personal misionero, es una prioridad pastoral; representa —por decirlo así— una “inversión en personas”, ya que sólo evangelizadores y formadores a la altura de su cometido pueden contribuir de modo eficaz a edificar la Iglesia.
Para concluir, sólo los animo a orar hoy por las misiones; a ser solidarios con su sostenimiento económico y a recordar a nuestros fieles que todos somos misioneros por vocación, que sólo tenemos el principio, pero nunca el final. Nuestro trabajo termina hasta que Dios nos llama a la eternidad.