¿Qué es ser nicaragüense?, Nos preguntamos cuando oímos o leemos noticias sobre corrupción. A veces llana y sin escrúpulos, o tal vez un poco disfrazada y disimulada dentro de otros actos o actuaciones de personeros de todos los estratos de la vida pública. Sin embargo, el más preocupante y escandaloso es el de los altos niveles de la gestión pública y en todos los poderes del Estado.
Otros actos decimos como los ya no altos, sino lujosos salarios que devengan estos altos gestores, lo que para el sentido de miles, centenares de miles, quizás millones de nicaragüenses con escuálidos salarios tercermundistas, o sin ellos siquiera, es sin duda un acto flagrante de corrupción, o llamémosle mejor, para no ofender “epidermis sensibles” de cualquier poder: de sustracción moral de “alto nivel”. Ni hablar de viáticos y regalías astronómicas que nos avergüenzan y nos humillan porque observamos que no causan siquiera el mínimo rubor en esas mismas epidermis.
De vez en cuando se presenta también en especie de generosas y, a la vez, onerosas (digo, para el contribuyente) retribuciones y “premios por servicios” a distinguidos funcionarios. En otras se trata de beneficios por subcontrataciones y obras, encargadas me imagino, no a un enemigo ni a alguien que nos cae mal, que harían palidecer los relatos de las mil y una noches, por lo maravillosas e irreales que se presentan (con muebles invisibles y todo eso) dentro de la más absoluta de las realidades.
¿Hacen dudar? Sí, pero lo hacen aún más, las escapadas al estilo Houdini para evadir dar cuentas de estos actos. Hasta se crean figuras y estructuras administrativas o jurídicas para dar largas a las que deberían ser expeditas y claras declaraciones a los ciudadanos sobre cómo se administra y gasta el dinero que éstos últimos han confiado. Punto.
No que pasa esto, oigan el cuento:
-“El comité no me permite brindar declaraciones”
-¿Y quiénes forman el comité?
-“Yo y los otros cuatro sospechosos”
Y otras, aunque parezca mentira, son tan descaradas, qué digo, desfachatadas, que uno siente el equivalente moral a ser asaltado a plena luz del día, en una vía transitada y llena de policías haciendo rondines y comiendo rosquillas. Si no, de qué otra forma se puede interpretar, el ejecutar, el sólo pensar en hacerlo, dar pase de libertad a capos y asaltantes sexuales en forma extemporánea, ilegítima y hasta aberrada, diría y eso que no soy jurista. En fin, lo que en este país sucede haría sonrojar a los Capone y hacer sentir a la mafia rusa como un jardín de párvulos.
Hemos llegado acaso los nicaragüenses, a tanto nivel de cinismo que las personas que deberían comportarse como padres fundadores de la patria, en vista de nuestros varios tormentosos pasados, y teniendo presente esta nueva oportunidad para profundizar el cambio, deciden comportarse como embrutecidos y envilecidos padrastros que nos llevan a la misma realidad de siempre: la interminable pesadilla de los nicaragüenses.
Gerardo Bermúdez Moreira
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