J.C. Santa Cruz
Los países obtienen divisas generalmente a través de la exportación de materias primas o productos industrializados. En Nicaragua obtenemos una fuerte cuota de divisas mediante remesas familiares. Pareciera contradictorio porque los que envían dólares son por lo general emigrantes que se han ido de Nicaragua impulsados por problemas económicos, aunque en el pasado ha habido de tipo político. Reflexionemos un poco sobre este flagelo de las emigraciones. En primer lugar, la decisión de emigrar conlleva una cuota de frustración al no poder realizarse como ser humano, en su país. Se van buscando como mejorar sus condiciones materiales de vida y quizás lo logran a costa de nuevas frustraciones expresadas en desarraigos culturales, sociales y familiares. El segundo escenario crítico lo observamos en su familia de Nicaragua que es afectada en diferente grado en el sentido que puede ser un padre de familia que viaja sólo o una madre que deja a sus hijos con la abuela, etc. Cualquiera sea la situación estará alejado de la misma y ellos resentirán su ausencia. A cambio recibirán remesas en dólares que sólo cubrirán el aspecto material, en tanto que el vacío espiritual poco a poco se profundizará. El tercer escenario está focalizado en el Gobierno que como es sabido a través de la aplicación de políticas de ajuste estructural ha fomentado objetivamente fuertes niveles de exclusión social. En una palabra, las emigraciones laborales tienen estrecha relación con una virtual exclusión de la fuerza de trabajo sobre todo joven que no encuentra espacios de inserción. Y en última instancia, las emigraciones le quitan al Gobierno un factor de presión social ejercido por gente desempleada. El cuarto escenario se ubica en Nicaragua, como país. En primer instancia, los emigrantes son generalmente jóvenes llenos de vida, deseosos de superarse. Se llevan consigo un boleto sin retorno, porque aunque se desarraiguen, tengan fuertes añoranzas, etc., saben que en Nicaragua no tienen espacio. Cuando los emigrantes son jóvenes universitarios graduados y a veces, con cierta experiencia, la descapitalización para Nicaragua es evidente, que ha invertido miles de dólares en su formación. La primera consecuencia de las emigraciones se focaliza en la desarticulación total o parcial de su familia nicaragüense, en el mediano o largo plazo. La segunda consecuencia estriba en la descapitalización del recurso humano calificado, particularmente si es egresado universitario que además se frustrará si no trabaja en su profesión. Y si trabaja en ella quien se beneficiará será el país que lo acoja que podrá especializarlo sin tener que pagar la formación de grado universitario. Los factores mencionados son un reto a la institucionalización del país. Cabría preguntarse si tiene sentido hablar de progreso despegue y desarrollo cuando los millones de dólares que envían los que no han tenido cabida en el mercado laboral llegan a ocupar los primeros lugares en la masa de divisas ingresadas al país. En realidad, esta amarga experiencia debería servirnos de lección en el sentido de que mientras se sigan diseñando políticas de carácter excluyente se estará aportando con creces a la desarticulación de la familia nicaragüense.
Sociólogo