Hugo Ramón García
Con indudable notoriedad, y en la vigencia de un nuevo siglo, vemos y constatamos que Nicaragua no tiene líderes y que ante la inminente necesidad de que alguien la “dirija”, en el escenario nacional hay una pobreza de “valores” que ponen a nuestro país en una situación calamitosa con estrechas posibilidades para salir adelante.
Esa ausencia de líderes le ha venido a causar a Nicaragua críticos problemas, porque casualmente por no tener de dónde disponer, este país se ha mantenido y se sigue manteniendo a la intemperie de sus propios males, sin que se asome por las ventanas de la historia una figura respetable en quien confiar y que idóneamente le asistan poderosas calidades que le permitan construir su destino con afirmativa capacidad, de manera que los grandes conflictos que encara y padece la República vayan terminándose para dar paso a un proceso de vida superior.
La ausencia de valores positivos inequívocamente da origen al surgimiento de valores negativos. De eso está lleno el país; de gente que únicamente se deja llevar por una mentalidad miserable que funda sus ideas en el latrocinio, y en la fórmula precisa de cuantificar los asaltos a la economía nacional, principal impulsora de todo desarrollo.
Son tantos los males que vivimos que cada día, cada amanecer, las esperanzas pierden crédito. No se pueden abrigar óptimas ilusiones frente a un estado de cosas desesperante donde la falta de vergüenza ha sustituido a la honestidad, porque abiertamente la han institucionalizado como método para gobernar en el gran calvario que sigue viviendo Nicaragua y donde muchos son los “Judas” modernos que venden y traicionan a sus mismos conciudadanos repitiendo un episodio que es la encarnación viva de la mala fe; de la mala fe que en este país se ha convertido en un hábito, en una costumbre que cala en lo más profundo de la conciencia.
Nicaragua ha sido rica en valores; fecunda y floreciente por hombres que en un pasado venturoso fueron honra de ella y la situaron con dignidad en el concierto de una cultura verdadera que le permitió a este país sentar las bases de una auténtica republicanidad.
Hombres de la estatura nacionalista del Dr. Carlos Cuadra Pasos, ideólogo conservador y un tribuno de excepcionales méritos literarios; Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, su pluma combativa es causa permanente de la admiración del pueblo; Dr. Horacio Argüello Bolaños, acérrimo defensor de un conservatismo genuino y doctrinario; Dr. Enrique Lacayo Farfán, valiente civilista que por sus indomables principios, Nicaragua le depara en su corazón un prominente lugar; Dr. Francisco (Paco) Ibarra Mayorga, incansable luchador por la libertad de su país; Dr. Enoc Aguado Farfán, símbolo latente de patriotismo; Dr. Modesto Armijo Lezano, talentoso orador del Foro Nacional y un gran centroamericanista; Dr. Federico López Rivera, apasionado idealista por un liberalismo transformado; Dr. René Schick Gutiérrez, ejemplo de humildad en el ejercicio del poder en cuyo gobierno de tres años, tres meses y tres días, se vivió un formidable período de paz; Dr. Ramiro Sacasa Guerrero, un político de sabias enseñanzas; y doctores Humberto Alvarado Vásquez y Manuel Cordero Reyes, patriarcas incuestionables de una causa comprometida.
¿Dónde hallaremos ahora líderes y valores de esta naturaleza? La respuesta se pierde en los caminos de una incierta posibilidad y nuestra Patria, hambrienta de ellos, agoniza a la orilla de su trágico destino, en vista que sus crónicos males le impiden levantarse y surgir como el “Ave Fénix” para ser la Nicaragua optimista y sonriente que añoramos y deseamos.
* El autor de este artículo es Periodista.