La consultoría de don Esteban

León Núñez

Después de mi salida del banco central, el doctor Agustín Alemán me ofreció un cargo de asesor en la Dirección Jurídica de la Presidencia de la República, y el Ingeniero Esteban Duque Estrada también me ofreció una asesoría en el Ministerio de Hacienda. No acepté porque les dije que jamás volvería a ser empleado público; que ahora lo que me interesaba eran clientes, no puestos, y les ofrecí mis servicios profesionales como cualquier abogado en ejercicio. Ahora pienso que si yo hubiera aceptado los puestos que me ofrecieron, me hubiera pasado algo parecido al caso que voy a contar en este artículo; caso que el lector debe recordar cuando alguien le ofrezca una consultoría.

A finales del mes de marzo pasado, don Esteban me expresó su interés en contratar mis servicios para la redacción de futuras leyes financieras, entre otras, una ley que estableciera un seguro de depósitos bancarios. Me dijo que el Banco Mundial me iba a pagar mis honorarios. Yo acepté, pues se trataba de un servicio profesional que iba a prestar como abogado y no como empleado público.

Ocho días después lo llamé por teléfono para preguntarle sobre el particular. Me contestó que la consultoría estaba en trámite. Una semana más tarde lo volví a llamar y me contestó que la consultoría seguía en trámite; quince días después me dijo que la consultoría continuaba en trámite, y que él me iba a llamar cuando todo estuviera listo.

En vista de que había transcurrido un mes sin tener noticias del mentado don Esteban, lo llamé nuevamente por teléfono, y me contestó que ya estaba por concluir el trámite. Toda esta dialéctica del trámite me dio mala espina, porque cuando la consultoría no estaba en trámite era porque seguía en trámite, y cuando no seguía en trámite era porque continuaba en trámite, y cuando no continuaba en trámite era porque estaba por concluir el trámite.

A partir de ese momento no tuve la menor duda de que mi contratación para tal consultoría estaba pegada en la cola de un venado. Sin embargo, decidí seguir la corriente. Llamé de nuevo a don Esteban y le pregunté: ¿cómo va el trámite?. Antes de contestar guardó un rato de silencio, como pensando en la respuesta. Seguramente detectó algo de sorna en la pregunta: “Ya terminó”, me contestó don Esteban, y seguidamente me dijo que fuera donde el doctor Uriel Cerna, a la Superintendencia de Bancos, para firmar el contrato.

Llamé por teléfono al doctor Cerna y me expresó que no sabía nada al respecto. Don Esteban, al conocer esta respuesta, me dijo que fuera a firmar el contrato a la oficina del Superintendente doctor Noel Sacasa, que ya había hablado con él. Durante veinte días intenté en vano comunicarme con don Noel, y cuando por casualidad logré conversar con él, me dijo que “algo de eso” le había hablado don Esteban, pero que realmente no le había entendido; que iba a hablar de nuevo con él.

Hablé nuevamente con don Esteban, y le comuniqué la respuesta del Superintendente. “¡Qué vaina, hombré!. Hablate con mi asistente Juan Carlos Gutiérrez, para que se proceda inmediatamente a elaborar el contrato”, me dijo don Esteban. Juan Carlos Gutiérrez me manifestó que le iba a pedir los términos de referencia al doctor Uriel Cerna, y que después que los recibiera se procedería a la firma del contrato. “En cuanto esté listo te llamo”, terminó diciéndome don Juan Carlos. Como era de esperarse, ni llamó ni se volvió a poner al teléfono.

Pero volví a la carga. Hablé otra vez con don Esteban. Le informé la situación. “Bueno, me dijo, decíle a Uriel Cerna, que digo yo, que vaya al Banco Mundial a negociar con Ulrich el monto de tus honorarios, y que haga inmediatamente el contrato”. Le dí el mensaje al doctor Cerna y se extrañó de la orden de don Esteban. Me dijo que él no podía ir a negociar algo que no sabía ni mucho menos un asunto que no era de su competencia.

Después de esta conversación con el doctor Cerna ya no pude volver a hablar con don Esteban. Él se batió en retirada. Yo estaba dispuesto a continuar el “trámite”. Pero seguramente don Esteban se había aburrido de la consultoría. Habían transcurrido seis meses en un trajín de ir y venir; en un trajín de “trámites” y “negociaciones”.

Por último, para sacarle más sabor a este caso, hace pocos días le solicité a un amigo de don Esteban que le preguntara sobre mi consultoría. Me mandó a decir que estuviera listo. Que la consultoría estaba en los trámites finales, que se estaban afinando los últimos detalles. Seguramente don Esteban me confundió con otro, al que quizás también tenía “enganchado” con otra consultoría.

Menos mal que no acepté, como dije al principio, los puestos que me ofreció don Agustín y don Esteban, porque de haberlos aceptado mi nombramiento todavía estaría en trámite, y quizás a la espera que se afinaran también los últimos detalles. No hay duda que cuando vea personalmente a don Esteban lo primero que voy a hacer es preguntarle por el trámite de mi consultoría.  

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