Acerca de los candidatos

Ramiro Argüello

Con las lluvias llegaron los candidatos. Nada más congruente: los candidatos son fenómenos naturales de la democracia. El hombre y la mujer de a pie tienen “la obligación moral de aceptarlos y prestar atención en la medida de su paciencia, a su propuesta civil. Sí, llegaron los candidatos con la primera carcajada de la cumbancha.

El pueblo soberano tiende a juzgar severamente a los candidatos. Lo usual es que los chuscos locales enhebren chistes subidos de tono a costa de los candidatos. Estamos ante un caso de justicia poética: algún precio tienen que pagar.

Los candidatos son, tienen que ser animales mediáticos: lo primero es dejarse ver por los diarios, la tele, pegatinas, vallas publicitarias, botones de ojal, preservativos, internet, carteles, graffitti (incluso en los retretes públicos), repartos masivos de la pastilla Viagra. No se concibe un candidato misántropo viviendo en un tonel como Diógenes. Al candidato tiene que gustarle de veras la política, actividad excelsa y suprema según el viejo Aristóteles.

Luego viene el tono, la actitud general: el talante, vamos. Primero tenemos al candidato untuoso, comedido, todo sonrisa afable, todo mano lanzada hacia delante. El arco interpersonal electorero suele culminar con un abrazo francamente desproporcionado. Respecto al candidato amigable se escucha decir: “Este es distinto. No se apropiará de lo ajeno. Tiene tanto dinero que no necesita robar”. El razonamiento resulta absurdo, pero dejémoslo ahí.

Y miren ahora quién sigue: el bailarincito que irrespete de manera permanente su alopecia, sus años y su próstata. Aquí tenemos al candidato bufón, chocarrero y zalamero. Se aparece rodeado de un harén de coristas tercermundistas que muestran entre el trapillo su miseria. Su diseño de campaña luce como un Carnaval de Río del pobre. Sobre él se comenta: “No pasan los años por él. Tiene la energía de un muchacho de 18. Es un genio de las finanzas. Campechano como él solo”. El argumento no tiene lógica, pero dejémoslo ahí.

Hace su entrada ahora el candidato tromponero. La vida se lo puso difícil, así que ha tenido que ascender en la escala social a punta de golpes y empellones. Sus modales son los de un chofer de la ruta 115. Escuchen lo que se comenta de él: “Así es su modo. Se hizo a punto de trabajo tesonero. Huele a pueblo porque viene del pueblo. Encarna las virtudes de la clase media en ascenso”. El postulado no tiene sentido, pero dejémoslo ahí.

No podía faltar el candidato fullero. Demagogo y mendaz, busca su clientela entre el sector más desprotegido, ya que es al que con mayor eficacia puede engañar. Guarda especial ternura por los niños y las vivanderas. Se dice de él: “Siempre con las causas populares. El Altísimo lo ha hecho otra persona. Sólo el pueblo salva al pueblo. Aprende para enriquecer luego al pueblo”. El argumento resulta absurdo, pero dejémoslo ahí.

* El autor es médico y escritor.  

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