- En esta jornada electoral hay
en juego altos valores que los nicaragüenses están dispuestos a defender, como las libertades de votar para elegir y de decir
la verdad
Mario Alfaro Alvarado
De Arnoldo Alemán nadie sabía de qué redil político procedía, pero fue electo concejal por Managua, repartió prebendas y lo eligieron alcalde de la ciudad capital, se proclamó antisandinista y los sandinistas le incendiaron la oficina donde despachaba en la sede edilicia, lo insultaron y denigraron al mejor estilo castrista y en guerra declarada lo convirtieron en un auténtico héroe antisandinista.
En las elecciones de 1996 la gente comparó al sandinismo revanchista de Ortega con el antisandinismo simulado de Alemán y optó por la consoladora fórmula de escoger el menor entre dos males. Muy pronto los votantes comprobaron que el sandinismo y el antisandinismo eran dos caras de una misma moneda llamada pacto. Pero ya no había nada que hacer, sino esperar que llegaran las elecciones para promover un cambio que sirviera para consolidar el valor de los votos, liquidar el pacto y emprender una cruzada contra la corrupción.
Nicaragua se encuentra en una encrucijada sumamente peligrosa. Sin financiamiento no habrá cosechas y habrá hambre; la cosecha cafetalera se reducirá a la mitad y habrá escasez de divisas para garantizar las importaciones; el sistema financiero penosamente se mantiene en un delicado equilibrio, las inversiones están paralizadas y los gremios laborales demandan con desesperación ajustes salariales para sus afiliados.
Alemán y su equipo de incondicionales debían estar dedicados a encontrar soluciones para salvar al país de un gran desastre económico; pero les interesan más las elecciones municipales para asegurar el continuismo, aunque el país marcha hacia el desastre.
Esta jornada electoral no se plantea en términos de unas cuantas municipalidades ni de otras elecciones “democráticas”. Hay en juego altos valores que los nicaragüenses están dispuestos a defender. Estos valores son la libertad de votar para elegir y la libertad de decir la verdad.
Desde la cárcel Gandhi derrotó al orgulloso Imperio Británico y obtuvo la independencia de su patria. Desde la cárcel Nelson Mandela derrotó al apartheid y logró el establecimiento de la democracia en Sudáfrica. Esos caudillos demostraron que no hacen falta armas ni sangre para derrotar a una tiranía. El secreto está en el alma colectiva de la nación agrupada bajo una bandera de justicia, para que el espíritu popular, como el vapor de agua, multiplique su fuerza y convierta en instrumentos inútiles las armas de la represión.
Se equivocaron con Pedro Solórzano si creen que lo pueden doblegar con amenazas o enviándolo a la cárcel. La imagen de Pedro ante el pueblo no es la de un político en busca de la Presidencia, sino la de un líder carismático erguido en defensa del derecho a votar libremente y de que se respeten los resultados de los comicios.
El Consejo Supremo Electoral, cuya atribución constitucional es organizar y dirigir los procesos electorales para que el pueblo elija libremente sin exclusiones ni limitaciones, se han convertido en un instrumento del pacto para frustrar las elecciones a los nicaragüenses y facilitarle un triunfo ilegal a las nuevas paralelas de Alemán y Ortega.
Afirma Montesquieu: “Cuando se han corrompido los principios del gobierno, las mejores leyes se hacen malas y se vuelven contra el Estado”. En Nicaragua afirmamos que la corrupción ha emponzoñado las leyes y están matando al Estado por envenenamiento.
Los mensajes publicitarios de la Coalición Conservadora no riñen con la ética electoral ni son abusivos y denigrantes, como dice un miembro colérico del CSE, lo que riñe con la ética electoral es la corrupción de este gobierno y de los que le sirven a la corrupción. Lo abusivo y denigrante es tener un Consejo Supremo Electoral que censura y dificulta el libre ejercicio ciudadano de organizarse en partidos políticos para ejercer el derecho a elegir.
* El autor es periodista.