El ahora, cautivo del pasado

  • El miedo y la desconfianza llevan a que nuestros grupos políticos sean “extranjeros” los unos para con los otros

Sonia de Chamorro

La teoría de los Arquetipos de Carl G. Jung afirma que existen fuerzas colectivas atávicas, inconscientes, inherentes a la naturaleza humana, que están siempre vivas y que aparecen en los individuos y grupos humanos predispuestos a ellos. En la historia de Nicaragua es posible detectar patrones de conductas colectivas recurrentes, que cambian en su expresión según las circunstancias, pero las fuerzas que los motivan son similares si no las mismas.

En nuestro país los políticos creen, y así lo expresan, que sus objetivos y lineamientos políticos son los que “más le convienen a Nicaragua, al pueblo nicaragüense”. Cuando Castellón y Jerez llamaron a William Walker a que viniera a “liberar” a Nicaragua, estoy segura que creyeron que esta decisión era, en ese momento de nuestra historia, lo que “más convenía a Nicaragua” y el bando contrario de Fruto Chamorro también tenía la misma idea de beneficiar al país con su política de apoyo a una constitución presidencialista. Este período de nuestra nación se puede tomar como “fotografía histórica”, un ejemplo histórico de un patrón recurrente desde entonces: concretiza el miedo y la desconfianza que experimentan entre sí aquellos grupos que tienen intereses y filiación política opuestos, refleja el convencimiento profundo que el grupo contrario al propio es peligroso y destructivo. Este miedo y desconfianza se expresa en un sentimiento apasionado de negatividad entre los contrarios de las agrupaciones políticas, una exacerbada e imperiosa necesidad de controlar el poder político como único medio de proteger los intereses del grupo y la veneración de la figura del caudillo que encarne ese deseo de poder.

Este miedo y desconfianza lleva a que nuestros grupos políticos sean “extranjeros” los unos para con los otros, que “mi Nicaragua” no es la Nicaragua de mi contrario, que no exista el sentimiento de pertenecer “yo” y “mi contrario” a una misma nación, que compartimos un mismo destino. Esta actitud implica que la energía de las fuerzas productoras, económicas y sociales no conforman una sinergia que pueda lograr sacar al país de la pobreza en que estamos sumidos, ya que sólo el esfuerzo unitario de un colectivo homogéneo puede resolver nuestros problemas de forma permanente. Los nicaragüenses debemos preguntarnos por qué, como individuos políticos, necesitamos pertenecer al grupo en el poder para sentirnos tranquilos y asegurarnos que la satisfacción de nuestras necesidades está garantizada y protegida, actitud que nos ha llevado a un ciclo de guerras y revoluciones.

El arquetipo del “guerrero” o de la “guerra” lo encontramos en los grupos humanos más antiguos. Ha estado siempre presente en la historia del hombre, pero muchas naciones han logrado contener o amansar su influencia dentro de los grupos que pertenecen a una misma nacionalidad a través de instituciones cívicas y políticas que canalizan la resolución de conflictos entre bandos opuestos.

Para cambiar las fuerzas arquetípicas, para trasmutar su negatividad hacia sus aspectos positivos hay que llegar a conocer cómo actúan y se expresan. En nuestra cultura éstas se manifiestan a través de: el autoritarismo y el caudillismo; la formación de grupos cerrados de poder, la exclusión y descalificación del adversario; la negación y destrucción de las instituciones y el sentimiento ciudadano de impotencia para demandar sus derechos cívicamente. Amansar y canalizar la energía de un arquetipo no es tarea fácil, necesitamos instituciones que canalicen los conflictos, pero lo más importante es crear antídotos a su influencia dentro de la conciencia colectiva; antídotos de respeto mutuo, de repudio a todo aquello que amenace la integridad cívica de cualquier nicaragüense, de toma de conciencia dentro de la población que sin el “otro” no puedo existir “yo” porque todas las personas contribuyen a que yo pueda estar protegido y seguro dentro del mismo país supliendo lo que yo no puedo hacer, ejecutando las aptitudes que no tengo y enseñando lo que yo no conozco.

Los políticos deberían tomar conciencia que están expuestos a la influencia de ese patrón histórico negativo, y buscar cómo no volverse una amenaza los unos para con los otros. Reconocer que el buen gobierno es aquel que con sus políticas logra el consenso de los individuos y grupos heterogéneos que constituyen la nación. Reconocer que un colectivo no puede progresar si una parte de sí mismo no permite que el resto goce de seguridad económica y cívica, y más importante, reconocer que el grupo que se siente amenazado buscará cómo sabotear, y destruir a aquel que lo amenaza, perpetuando así indefinidamente al “guerrero” que emerge al comienzo de nuestra República.

* La autora es sicóloga.  

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