Crimen, cárcel e indultos

La seguridad pública es una condición indispensable para la sobrevivencia de la sociedad. Y para garantizarla es necesario controlar los potenciales de violencia y criminalidad que genera la misma sociedad. Por eso la justicia y la ley deben perseguir, juzgar y encarcelar a los delincuentes.

Las cárceles fueron creadas desde cuando la sociedad se organizó en Estado, precisamente para castigar a los delincuentes y aislarlos a fin de que no amenacen la vida, la integridad física, la seguridad y la propiedad de las personas honradas y de la comunidad en general. Los crímenes sin castigo, impunes, claman al cielo como clamó la sangre de Abel cuando no había justicia terrenal para juzgar a su asesino Caín.

Pero en la aplicación de la ley se cometen injusticias. Muchas veces van a la cárcel y se pudren en ella personas inocentes, sólo porque son pobres, mientras que a grandes, poderosos y “respetables” delincuentes de saco y corbata no los tocan la ley y la justicia. De una cárcel sacaron a Barrabás y recluyeron en ella al más Justo entre los justos antes de crucificarlo. En la romana Cárcel Mamertina estuvieron Pedro y Pablo sus últimos días, antes de ser martirizados. No es posible imaginar mayores injusticias.

Por eso, para tratar de corregir injusticias, desde tiempos antiguos fue creado el indulto que significa suprimir o reducir las penas a personas encarceladas, cuando el castigo que se les impuso fue excesivo, en casos de injusticia notoria, porque el reo cumplió gran parte de la pena y su buena conducta demuestra que se ha rehabilitado, o simplemente por una generosidad de los gobernantes. Pero el indulto se debe administrar con sumo cuidado y nunca para favorecer a delincuentes empedernidos, ni a los que cometieron crímenes atroces, y tampoco a quienes gozando de la libertad son una amenaza para la seguridad de las personas y la sociedad.

En Nicaragua, durante los últimos 10 años ha habido una extraordinaria generosidad en materia de indultos. Sólo en los 3 años anteriores fueron indultados más de 2 mil presos, de los que “muchos de ellos han caído nuevamente en las cárceles por los mismos delitos graves”, según declaraciones (END, domingo 24 de septiembre) del director de la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH), doctor Lino Hernández Trigueros.

Ese mismo día, en declaraciones a LA PRENSA el Vicario Episcopal de Cárceles de la Iglesia Católica de Nicaragua, monseñor Amado Peña, criticó severamente a los medios de comunicación que cuestionan los indultos. “La cárcel es de los miserables. Y ustedes están en contra de esos pobres desgraciados que no pueden defenderse, pero cuando hay un rico ahí se callan”, expresó monseñor Peña, quien mencionó casos de injusticia notoria como el de un anciano que supuestamente fue acusado y condenado por una violación que no cometió, para quitarle su propiedad.

La compasión de Monseñor Amado Peña hacia los presos es comprensible. No se puede esperar menos de un sacerdote del cristianismo, cuya esencia es el amor al prójimo, el perdón a los ofensores y la compasión hacia todos los que sufren, inclusive la cárcel e independientemente de las causas de su sufrimiento. Pero es injusto acusar a los medios de comunicación de que guardan silencio ante las tropelías de los ricos (¿es que acaso no son ricos y poderosos los involucrados en los checazos, chinampazos, bancazos, carrionazos, etc., denunciados por los medios de comunicación?). Además, los medios de comunicación no critican los indultos en general, ni los que favorecen a personas que están presas por causas leves o por injusticia notoria. El cuestionamiento es a los indultos para delincuentes que cometieron crímenes horrendos y que son sujetos de gran peligrosidad social.

Tienen razón los organismos de Derechos Humanos, que reclaman una adecuada reglamentación de los indultos, para no fomentar la impunidad. El perdón y la compasión hacia los presos que lo merecen son necesarios, pero no hay que fomentar la impunidad. Pero lo más importante de todo es que hay que hacer justicia a las víctimas, que también merecen compasión y mucho más que los victimarios.  

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