- La venta es silenciosa. Todos la niegan, pero en San Andrés de Bocay es posible encontrar lapas en 1,000 córdobas
- “Es cierto que somos destructores, pero aquí no queda más que destruir”, dice Daniel Ramson
Amalia [email protected]
Con excepción de los perros, las mascotas no son usuales en las casas de los miskitos que viven en Bosawás. Nadie baja animales de la montaña para entretener a sus hijos o para ataviar sus viviendas. Quienes cazan tienen dos fines: vender o comer.
Chanchos de monte, guardatinajas, dantos, guardiolas, venados y pavos son algunos de los animales que desde tiempos ancestrales, tanto miskitos como mayangnas, cazan para comer. De ellos y del cultivo de granos básicos ha dependido su alimentación.
Nadie precisa cuándo, pero la simple caza de subsistencia, a la cual tienen derecho las comunidades indígenas, se combina también con la caza comercial.
Varios miskitos de San Andrés de Bocay se internan en la montaña a cazar con una vida y dos mandados: para asegurar carne en los platos de sus casas y para hacerse de unos córdobas con la venta de algún animal atractivo para los foráneos, que de vez en cuando aparecen por esas comunidades.
En el tambo de la casa de Antonio Fernández en San Andrés de Bocay está una lapa. El pájaro de plumas rojas y amarillas comparte tablas con sus hijos. Ninguno de los niños se atreve a tocarla. El animal, que lleva el ala derecha rota por el disparo de una 22 que le propinó Fernández, permanece a la defensiva. Su pico negro y curvo parece más afilado que el cuchillo de un matarife.
UN MAYOR DEL EJéRCITO COMPRARá UNA LAPA
Fernández no esconde que cazó al animal con fines lucrativos. Cuenta que venderá la lapa en 1,000 córdobas a un mayor del Ejército de Nicaragua, que pronto llegará a la comunidad. No detalla su nombre, pero dice que la venta es segura.
Según Fernández, la caza de la lapa fue una casualidad. El miskito explica que corta madera para un proyecto que desarrolla en el caserío la Organización de Estados Americanos (OEA).
Ese trabajo hacía en plena reserva cuando de pronto vio al animal y lo derribó.
En cuanto vio al ave su intención fue comercializarla. Pero después de tres tiros con el rifle 22, Fernández pensó que si la lapa moría, igual se la llevaría. Serviría en su casa para comer.
La lapa sobrevivió pero con el ala desgarrada. “Solita se cura”, dice Fernández quien espera realizar el negocio lo antes posible.
Este no es el único miskito que caza para vender. A Daniel Ramson, otro poblador de San Andrés que es pariente de Antonio Fernández, le molesta que critiquen la cacería para venta. “Es cierto que somos destructores, pero aquí no queda más que destruir. Quieren que no se corte el bosque, que no se toque a los animales”, razona Ramson, quien también se dedica al aserrío de madera.
PRODUCCIÓN DE GRANOS NO ES SUFICIENTE
Aunque la producción de granos básicos es bastante buena, Fernández y Ramson, no la consideran alternativa económica para subsistir. Antes de vender en 50 córdobas el quintal de arroz en tiempos de cosecha “mejor que se pudra en la montaña”, dice Antonio Fernández.
Fernández y Ramson no lo cuentan, pero guardabosques de esa comunidad aseguran que, precisamente por la cacería de animales para la comercialización, ha habido algunos roces que de incrementarse esa actividad podría tornarse violenta, no es secreto que los cazadores caminan armados.
Distintos pobladores cuentan que sobre el río Coco y sus ramales como el Bocay, abundaron lagartos. Aún se ven, pero con esfuerzo. La gente niega que la causa de su desaparición sea la acción de los cazadores.
GUARDABOSQUES DESPROTEGIDOS
Son los mejores baqueanos. Conocen la selva y los linderos de sus territorios como pocos. Son los primeros en detectar la presencia de mestizos en su bosque. Pero igual que sus comunidades padecen abandono institucional.
– “No nos han cumplido”, dice José Estanislao Medina, un guardabosque del territorio Mayangna Sauni Bu. Medina explica que la Secretaría Técnica de Bosawás, SETAB, se comprometió con ellos a capacitaciones y a brindar apoyo económico a los guardas. Pero la práctica ha quedado lejos de esos compromisos, según cuenta Medina.
– El malestar de Medina también lo comparten en otros dos territorios de la Reserva, que están en las márgenes del río Coco.
– Orlando Soza, guardaparque del territorio miskito Li Lamni Tasbaika Kum de Waspán, dice que ahí los guardas han decidido no realizar la siguiente ronda por los linderos de ese territorio programada para fines de este mes.
– “El arroz está maduro y tenemos que cortarlo”, dice Soza, quien no esconde que en el caso de su comunidad es más rentable acopiar arroz para la venta que vigilar los límites de su territorio por 200 córdobas.
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