La tierna esperanza verde

  • La esperanza verde podría llegar a la madurez si abre su espacio a la participación política de otras fuerzas excluidas por el pacto y asume la responsabilidad de garantizar que el proceso electoral sea transparente, justo y pluralista

Cristiana Chamorro [email protected]

Según la última encuesta de la CID-Gallup realizada especialmente para el Partido Conservador, Pedro Solórzano es al parecer la estrella en el firmamento verde. El repunte de dicho partido es asociado a su liderazgo, aunque éste sea compartido y en competencia con el de su correligionario Noel Vidaurre en una sorda confrontación que ni ellos, ni sus más cercanos colaboradores, han ocultado.

El conservatismo, con más de 70 años fuera del poder, es hoy una “tierna esperanza verde” , con posibilidades de romper el bipartidismo libero-sandinista y volver a gobernar el país a principios del Siglo XXI, a como lo hicieron a inicios del XX. En tres meses los conservadores crecieron como la espuma (22%) y han logrado posicionarse prácticamente a la par del Frente Sandinista y del Partido Liberal en las preferencias del electorado.

El ascenso de Solórzano, por ahora con más aceptación popular que su partido, ha despertado numerosas expectativas que tendrá que responder con hechos concretos en los próximos tres meses. Su carisma le plantea oportunidades y responsabilidades más allá de solamente proponerse como un “endosador” de su popularidad a los candidatos municipales.

Una primera expectativa es si Solórzano podrá sortear y crecer políticamente durante la inminente crisis de liderazgo que amenaza la unidad de su partido. A estas alturas del juego, una división en los verdes sería una irresponsabilidad política, con un alto costo para sus líderes, para los propios conservadores y para Nicaragua que perdería una alternativa democrática.

Otro reto inmediato son las elecciones municipales y en ellas lo primero es ganar Managua, el corazón político de la futura campaña presidencial. Junto con la capital necesitan conquistar como mínimo las 50 alcaldías que se han propuesto. Con una presencia municipal representativa marcarían un estado de opinión nacional positiva hacia dicho partido y se catapultarían como una fuerza real con capacidad de ganar las elecciones presidenciales en el 2001.

Una tercera expectativa tiene relación con la capacidad de los conservadores y la del propio Solórzano para asumir su responsabilidad y verse no sólo como un partido en ascenso, sino como una opción política de unidad nacional más allá del propio Partido Conservador.

Es un hecho que frente al 22 por ciento alcanzado por el conservatismo, sus propias encuestas señalan una mayoría del cuarenta por ciento que no está definida con nadie. Dicha población constituye un electorado importante que se opone a la política tradicional de caudillos, pactos y reparticiones de poder que han caracterizado a los tres partidos mayoritarios: a conservadores y liberales en más de cien años de historia y a los sandinistas posteriormente.

En medio del escepticismo histórico el Partido Conservador tiene la oportunidad hoy de convertirse en una alternativa para ese cuarenta por ciento, si sus líderes rompen con un pasado atávico y saben administrar sus fuerzas creando estrategias de unidad nacional para un triunfo electoral total con visión de Nación por encima de intereses partidarios.

Si bien por ahora no hay tiempo para conformar alianzas políticas de derecho, sí lo hay para conformarlas de hecho. La esperanza verde podría llegar a la madurez si abre su espacio decididamente a la participación política de otras fuerzas excluidas por el pacto y asume la responsabilidad que tiene de garantizar que el proceso electoral sea transparente, justo y pluralista.

Tienen la posibilidad de constituirse en un líder motor de la democracia en contra del cierre de espacios y de la exclusión forzada que Alemán y Ortega hicieron y pretenden seguir haciendo de otras fuerzas políticas de naturaleza democrática.

Pueden facilitar y apoyar la participación de otros partidos democráticos que hoy luchan por obtener personería jurídica o, por el contrario, aprovecharse de nuevas inhibiciones al pluralismo y perder un chance histórico.

En este sentido, su liderazgo partidario y su convicción antipactista se pondrá a prueba antes del cinco de noviembre, con la posición que tomen frente al Consejo Supremo Electoral para que éste conceda personalidad jurídica a los partidos de Unidad Nacional y al Liberal Demócrata, que podrían ser alternativa a los propios conservadores.

Para que una apertura de los conservadores sea creíble, primero tendrían que descartar la idea de cuotas de poder y participación excluyente en la definición de cargos a elección popular. Segundo, no preguntar de dónde venís, sino a dónde querés ir con dirigentes políticos, sociales y económicos representativos de otros sectores, que tienen aprobación popular y clientela política, pero que por la historia no se ponen gorra, ni camisa verde.

En tercer lugar, podrían renunciar a “su derecho” para nominar candidatos exclusivamente de las filas del partido. Incluso mostrarse abiertos a la posibilidad de postular candidatos no conservadores a la Presidencia de la República. Lo hizo Emiliano Chamorro en 1946, al ganar las elecciones presidenciales con el Dr. Enoc Aguado, originario del Partido Liberal.

Algo parecido intentó hacer Agüero en 1967, forzado por la fiscalización periodística de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quien desde LA PRENSA señaló el posible “neocolaboracionismo” del Partido Conservador, si se limitaban a inscribir sólo a sus partidarios aprovechándose de la exclusión obligada que el dictador Somoza en aquel tiempo, al igual que Alemán y Ortega hoy, hizo del resto de partidos democráticos.

La apertura partidaria les traerá altos costos y riesgos políticos, pero éstos no son tan grandes como la oportunidad y responsabilidad de darle a Nicaragua una alternativa de unidad nacional con visión de largo plazo, mas allá que “una tierna esperanza verde”.  

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