El Vicepresidente de la República, don Enrique Bolaños Geyer, dice que “Nicaragua puede salir adelante en la lucha contra la corrupción, iniciando la educación casa por casa para que cuando a nuestros hijos o a nosotros mismos la patria nos dé la oportunidad de desempeñar un cargo público, realmente lo hagamos con voluntad de servir y no de ser servidos, con voluntad de ser ejemplo de honestidad y no ser blanco de críticas por el mal manejo de la cosa pública”. (LA PRENSA, sábado 23 de septiembre de 2000, página A-10).
Tiene razón don Enrique. La corrupción no es sólo una perversión de gobernantes y funcionarios gubernamentales, sino un fenómeno cultural mucho más complejo, un mal de toda la sociedad. Pero no son lo mismo, por supuesto, la corrupción social y la corrupción gubernamental.
Para combatir efectivamente la corrupción de la sociedad es necesario, en efecto, desarrollar una profunda y sistemática educación ciudadana y crear una nueva cultura nacional de integridad y transparencia. Lo cual requiere el esfuerzo combinado de los mismos ciudadanos con los servidores públicos, los medios de comunicación y las entidades morales de la sociedad, como las iglesias, por ejemplo. Pero aún así, la corrupción social nunca se termina de erradicar por completo.
Sin embargo la corrupción gubernamental no es un problema de cultura nacional, sino de conducta de los gobernantes y funcionarios. Por lo tanto, erradicar la corrupción en el gobierno sí es perfectamente posible y no hay que esperar hasta que la sociedad sea reeducada en los principios y valores de la transparencia y la integridad.
En realidad, lo único que hace falta es que los gobernantes sean honrados y transparentes, para que “el mandato constitucional y popular de los gobernantes sea sin manchas y sin sombras” (…) “Y todo esté iluminado por la lumbre de la verdad, la claridad y la limpia conciencia de los nicaragüenses que sí aman a esta patria”, como dice el Vicepresidente Bolaños. Inclusive, si los gobernantes y funcionarios quieren ser honestos no necesitan que haya leyes que tipifiquen los delitos de corrupción, aunque es preferible que las haya, por supuesto, y que sean aplicadas.
No son los ciudadanos los que deben enseñar las virtudes de honradez y transparencia a los gobernantes, sino al revés: son los gobernantes quienes están obligados a predicar con el ejemplo de una conducta privada y pública virtuosa y abierta al escrutinio social. Pues, en la democracia a los funcionarios públicos se les confía la administración de los asuntos y bienes de la nación, a condición de que los administren con eficiencia y honestidad, y de que rindan cuentas de sus actos y de sus gastos.
El Vicepresidente Enrique Bolaños Geyer es uno de los pocos funcionarios del actual gobierno que se preocupan por promover una cultura ciudadana y gubernamental de integridad y transparencia, mientras otros se escudan en sigilos bancarios, gastos reservados y cualquier otro subterfugio para hacer lo que les da la gana, y por supuesto que con el beneplácito de su autoridad superior.
De manera que la educación en integridad y trasparencia tiene que comenzar en el gobierno, y a partir de que se castigue a quienes despilfarran los recursos públicos, trafican con influencias y usan el poder y los negocios del Estado para incrementar sus patrimonios particulares.
La lumbre de la verdad que debe prenderse para iluminar las políticas gubernamentales y los actos de los gobernantes, es la ética, que en su aspecto público se refiere a la moralidad y a las obligaciones de integridad y transparencia de los servidores del bien común, o sea, las personas que se desempeñan como administradores de la cosa pública por mandato de sus conciudadanos.
Si don Enrique Bolaños y algunos otros altos funcionarios del gobierno son personas honradas, tanto en sus vidas privadas como en el ejercicio de las funciones públicas, ¿por qué no pueden serlo los demás funcionarios gubernamentales? ¿Y hasta cuándo las personas íntegras que hay en el gobierno van a seguir apañando directa o indirectamente a los funcionarios sinvergüenzas?