¡Estoy harto de oír de la HIPC!

Jorge Salaverry [email protected]

Galones de tinta, cantidades enormes de papel,

e incontables horas de trabajo periodístico, son las que se han dedicado para escribir sobre la famosa iniciativa HIPC (llamada así por sus siglas en inglés, y que traducidas al español quieren decir, Países Pobres Altamente Endeudados). Hasta hoy había decidido no escribir sobre ese tema, porque, a decir verdad, me hierve la sangre, y voy a explicar el porqué, pero antes establezcamos algunos antecedentes.

La HIPC es una iniciativa del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional que fue aceptada por los países ricos en 1996. Tiene como finalidad “perdonar” la deuda externa de los países que conforman el club de los paupérrimos de la Tierra (dentro del cual Nicaragua ocupa una posición destacada), a cambio de que éstos adopten políticas económicas razonables que no pongan en peligro los ajustes y reformas estructurales de sus economías.

No dudo que todos esos países -4 latinoamericanos y 38 africanos-, necesitan hacer muchas reformas de todo tipo, siendo la más importante de todas la que no están haciendo, que es una reforma profunda de mentalidad. Pero me parece también que, en el caso específico de Nicaragua, es de lo más injusto que haya habido tanta demora para que nuestros acreedores eliminen por completo el remanente de la deuda externa que somos en deberles, y que actualmente asciende a 6,300 millones de dólares, después de que el gobierno presidido por Doña Violeta Barrios de Chamorro lograra reducirla de 12,000 a 6,000 millones.

Hay un refrán que contiene una gran verdad. Dice: “se necesitan dos para bailar un tango”. Igual sucede para que exista una deuda. Se necesitan dos partes: alguien que pida prestado el dinero y alguien que lo preste. Cuando una persona o empresa llega a un banco a solicitar un crédito, el banco —la otra parte—, si es responsable, analizará si se trata de un buen sujeto de crédito, o sea, investigará si, entre otras cosas, su actividad económica es capaz de generar los recursos necesarios para repagar el préstamo. Si concluye que el solicitante es un buen sujeto de crédito, le prestará el dinero; si concluye que no lo es, no se lo prestará, a menos que el banco esté dispuesto a actuar irresponsablemente.

Y ahora sí puedo ya decir por qué es que me hierve la sangre cuando pienso en la deuda externa de Nicaragua. Todos los que le dieron crédito al gobierno sandinista —quienesquiera que hayan sido— para que ese gobierno pudiera aumentar la deuda externa de nuestro país de 1,500 a 12,000 millones de dólares en tan sólo 10 años, y darnos el dudoso honor de tener la deuda por persona más alta del mundo, son unos verdaderos irresponsables. Sí, unos irresponsables. No creo que quienes autorizaron los créditos, ya sean instituciones financieras internacionales, bancos de desarrollo regionales, o países, no hayan podido determinar a través de sus “análisis de riesgo país”, que un gobierno populista como el sandinista hundiría económicamente a Nicaragua de una forma tan completa que la haría incapaz de pagar las deudas que estaba adquiriendo. Prestaron irresponsablemente.

¿Y por qué lo hicieron? Porque sabían que tarde o temprano alguien vendría al rescate y recuperarían su dinero. Ellos le prestaban a Nicaragua, a un país, y como cínicamente decía Walter Wriston, el famoso presidente del Citibank en los años ochenta: “los países no quiebran”, queriendo decir con eso que siempre habría alguien que pague por ellos. De ahí viene el ridículo eufemismo de “crédito soberano”, para referirse a los préstamos hechos directamente a gobiernos o países.

Soy un firme creyente de que cuando uno adquiere una deuda debe honrarla, o sea, pagarla. Por eso rechazo las propuestas de condonaciones sandinistas. Pero cuando la deuda se origina en las decisiones tomadas por un grupo de incapaces e irresponsables, como los que desgobernaron Nicaragua en los años ochenta, apoyados por otros irresponsables que estuvieron dispuestos a satisfacerles su glotonería crediticia, entonces, creo que no es justo que el pueblo nicaragüense, que no fue partícipe de esa barbaridad, tenga que estarse sacrificando para pagar.

Que se termine ya esta farsa y que eliminen de sus libros nuestra deuda externa, y, que de ahora en adelante, tanto los que dan prestado, como los que piden prestado, tengan la decencia de actuar con mayor responsabilidad.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA  

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