Juan Carlos Santa Cruz
La anarquía se apodera poco a poco de la vida cotidiana de Nicaragua. Los ciudadanos estamos estupefactos cual niños en un circo. Cascarilla en lugar de café, exportaciones de café que ahora se dice que no fueron tales, cheques sin fondos al por mayor, estampida financiera, interventores de bancos que no dan la talla, etc.
En una esquina, frente a la Asamblea Nacional trabajadores históricamente famélicos y casi exterminados por el fatídico Nemagón despiertan hilaridad en legisladores oficialistas. A un par de cuadras de allí se dice que el Asesor Técnico de la Presidencia, encargado de la estrategia de lucha contra la pobreza gana 23 mil dólares mensuales y el Sr. Alemán lo defiende de inmediato argumentando que no se puede trabajar con gente mediocre, poniéndose, sin querer la soga al cuello al afirmar implícitamente que ganar 22,950 dólares mensuales más que un maestro es sinónimo de inteligencia. El concepto de mediocridad, sin embargo, es ajeno al dinero. Más bien, lo que se desprende de este argumento es que es imposible establecer estrategias de lucha contra la pobreza sufriéndola en el propio pellejo, y que es más acertado hacerlo desde la riqueza, porque es ahí donde se perciben las bondades de no ser pobre. Lo que sí es cierto que si un rico asesina con armas de guerra a un pobre, el culpable es el pobre, aunque más no sea, por no usar chaleco antibalas. En la Nicaragua de hoy existe un señor al que le entregan dos millones de córdobas por concepto de bonificación, y el señor creyó que era un regalo, y cuando recapacitó los regresó de inmediato. No se supo si era por “el qué dirán” o por un acto de conciencia. Y en la acera de enfrente, la ciudadanía nuevamente estupefacta al ver que arremeten sólo contra quien recibió la bonificación y no contra quienes se la otorgaron.
Y en el ámbito de la justicia, con tristeza observamos a un juez, con cara de yo no fui, otorgando sobreseimientos definitivos a diestra y siniestra. Nosotros los ciudadanos, todos los domingos, como televidentes, nos concentramos viendo el accionar de los narcotraficantes, en la serie del Fiscal, y aquí también nos polarizamos, unos murmurando, “por suerte no se da eso en Nicaragua”, y en la otra esquina, televidentes cogiendo escuela, como parece que lo hicieron con “café con aroma de mujer”, en la que un siniestro personaje manipuló cifras de exportación de café, llevó a la cárcel a inocentes, etc. En otros menesteres, los nicaragüenses llevamos la delantera a la tecnología de punta, y no necesitamos internet para confeccionar bombas, instalar minas antipersonales, manejar armas de guerra, u organizar comandos que en tres minutos abren cualquier caja fuerte de los bancos, a cara descubierta, sin el más mínimo atisbo de rubor. En tanto otros extremistas, pero éstos de la pobreza, allá en los municipios áridos del norte se alimentan en los tres tiempos únicamente con tortilla con sal, y en Nueva Guinea la lepra de montaña genera pánico en las familias campesinas, a quienes sella comiéndoles la nariz, las orejas y las partes más visibles de sus flácidos cuerpos. Mientras tanto, en el otro campo de batalla no hay disparos de ametralladoras, sino un virtual chirrido de serruchos que van en aumento en la medida que arrecia la codicia por cargos públicos. La anarquía campea, pero no hay mal que dure cien años… ni cuerpo que lo resista. Así será.
El autor es Sociólogo