- Para entonces, las declaraciones de Denis Cerna, empleado de Villalobos detenido para investigar, sólo llegaron a confirmar lo que la Policía barruntaba desde hacía algún tiempo atrás.
Anuar Hassán y Emiliano [email protected]
Durante largos once años Cosme Villalobos y Antonio Areas Alvarez mantuvieron una sociedad muy sui generis. Más bien, antes que de una sociedad sería más correcto hablar de una relación de afectiva complicidad entre los dos hombres.
Cosme Villalobos era un próspero transportista y productor de piñas residente en Ticuantepe, en donde poseía una hermosa quinta desde cuya casa se veían verdear las ondulantes colinas sembradas del sabroso fruto. Sus modernos microbuses cubrían siempre repletos de pasajeros la ruta hacia Managua y viceversa. En cambio, Areas militaba en el formidable ejército de cesantes que las políticas económicas gubernamentales engrosaba cada día. Como se ve, eran dos personajes diametralmente opuestos. Pero los lazos que los unían, de sangre literalmente, fueron también rotos un día de la manera más sangrienta que pueda caber.
Pero vayamos a los orígenes, como manda la lógica. Hasta aquella noche de un mes no determinado del año 1958 ninguno de ambos tenía noción de la existencia del otro.
Esa noche Villalobos, que como el célebre personaje del folclore mexicano Juan Charrasqueado era tomador y pendenciero asistía a una fiesta en un barrio de Managua.
Villalobos era alto, blanco y de ojos claros, a su juicio suficientes razones para reclamar la atención de las mujeres. Parece que a la fiesta llegó en pos de una muchacha a la que desde hacía algún tiempo cortejaba, al parecer sin mucho éxito.
Para mayor fastidio suyo, la muchacha a la que pretendía hacía muy buenas migas con otro invitado esa noche. La soberbia de Villalobos no conocía límites. Sin embargo, no exteriorizó el enorme disgusto que aquella escena le produjo.
Hábilmente se acercó al hombre que lo opacaba y lo invitó a compartir su mesa. Entre brindis y brindis las horas discurrieron sin sobresaltos para los dos nuevos amigos, en cuyos rostros no obstante se notaban los efectos de las continuas libaciones.
Llegada la hora de la despedida, ambos hombres se encaminaron a la puerta. Villalobos esperó que el otro saliera y poco después lo hizo él.
Segundos más tarde, la gente que aún quedaba en la fiesta salió alarmada al escuchar las potentes detonaciones de un arma de fuego. Los primeros en llegar descubrieron, a la débil luz de un farol que alumbraba la calle, los cuerpos de dos hombres caídos sobre el piso de tierra. Uno de ellos, el hombre que momentos antes departía con Villalobos en su mesa, estaba muerto. El otro presentaba una herida en el pecho y fue trasladado de inmediato a un hospital. Se trataba de Antonio Areas, quien pasaba por casualidad cuando Villalobos disparaba su arma contra su rival y fue alcanzado por un proyectil.
A decir verdad, no era la primera vez que Villalobos se veía envuelto en un hecho de sangre. Según los archivos policiales, el granjero ticuantepeño era responsable de tres asesinatos anteriores.
Areas se recuperó de su herida pero su vida cambió totalmente. En primer lugar, debido al largo proceso de curación perdió su empleo. Además, el disparo le había dejado molestas secuelas que le hacían difícil la ejecución incluso de las tareas menos pesadas. En el hogar de Areas, integrado por la esposa, seis hijos y otro por venir, comenzaron a sentirse los crueles efectos de la situación del jefe de la familia.
Pero aún así Areas nunca se querelló judicialmente de Villalobos. Si lo hizo por simple cálculo es algo que nunca se sabrá.
El caso es que poco tiempo después de lograda su recuperación visitó a Villalobos en su quinta de Ticuantepe. Por uno de esos actos de prestidigitación tan comunes en aquellos años (y en estos también, ¿por qué no decirlo?) Villalobos se encontraba de lo más tranquilo dirigiendo sus negocios, a menos de 15 kilómetros de distancia de la Central de Policía de Managua, que no pareció enterarse del asesinato cometido por aquél. Cierto que tenía muchos amigos en la alta jerarquía de la Policía pero esto no debía influir en beneficio de sus conflictivas actuaciones personales. Al menos es lo que se supone.
Villalobos se mostró agradecido y retribuyó generosamente a Areas cuando éste le expuso la dramática situación que estaba viviendo a raíz de aquel balazo desperdigado.
Es más: el próspero hombre de negocios manifestó su buena disposición de seguir ayudándole hasta tanto su situación se normalizara.
Las visitas de Areas a su heridor adquirieron una urgencia y una asiduidad cada vez mayores. Pero invariablemente, sus quejumbrosas peticiones encontraban a un Villalobos siempre dispuesto a satisfacerlas.
En cierta ocasión, pasados ya algunos años desde aquella noche del disparo accidental, Areas se vio envuelto en una desgracia. Conduciendo un automóvil en una calle de Managua arrolló mortalmente a un niño. La familia de la víctima, gentes pobres, exigió al responsable de su muerte una indemnización acorde con el daño causado.
Areas se desesperó. Seguía siendo un cesante, su familia había aumentado y no tenía para pagar la indemnización reclamada. ¿Qué hacer?
Sólo tenía una salida: Villalobos. Es cierto que éste no tenía ninguna obligación en este caso, pero ¿qué otro camino le quedaba? Y hacia Ticuantepe enderezó sus pasos, una vez más.
El empresario escuchó su relato. Le hizo ver, en efecto, que aquello no era de su incumbencia; que durante muchos años le había ayudado gustosamente porque lo consideraba un acto de justicia por el daño que le había ocasionado; que estaba agradecido de su nobleza al no denunciarlo ni requerirlo; sin embargo, satisfizo su petición.
Así llegamos al 17 de abril de 1969, once años después de la aciaga noche de 1958.
Ese día, Areas tomó a su séptimo hijo, el pequeño Antonio, de cinco años y dijo a su esposa que se dirigía a la quinta de Villalobos en Ticuantepe. ¿El motivo? Lo de siempre: iba en busca de dinero.
Era el ultimo día que su esposa lo vería con vida. Efectivamente, Areas y su hijito llegaron a la quinta en Ticuantepe.
De frente a Villalobos expuso la razón de su nueva visita. Le dijo que se sentía muy enfermo, que estaba afectado de la visión y que el médico le había dicho que era consecuencia de la herida recibida once años atrás… En resumen, que estaba urgido de dinero.
El productor le preguntó cuánto necesitaba. Areas le respondió: dos mil córdobas. Entonces, por primera vez en su larga relación, Villalobos regateó con su protegido. Le explicó que tenía que cambiar el cielo raso de su quinta y que eso implicaba un fuerte gasto. Que en ese momento lo único que podía darle eran quinientos córdobas, la cuarta parte de lo solicitado por Areas. Y formuló una clara advertencia: aquél dinero era lo ultimo que le daba.
En sus declaraciones a la Policía Villalobos dijo después que al tomar el dinero Areas le comunicó que iría a hacer una diligencia en un lugar cercano a la quinta y le pidió el favor de que viera al niño mientras él regresaba. Pero nunca volvió, dijo Villalobos.
La versión del productor sobre la extraña actitud de Areas fue rechazada tajantemente por la madre de éste, Evangelina Areas, para quien era imposible que su hijo hubiese, voluntariamente, dejado solo al pequeño Antonio, del que ¨nunca se desprendía por ningún motivo¨.
Casi una semana después de la inexplicable desaparición de Areas, un agricultor de la zona de Mateare que sembraba maíz en su pequeña finca notó el revoloteo, a baja altura, de una nutrida bandada de zopilotes. Las aves carroñeras parecían estarse dando un festín entre los breñales que rodean el paradisíaco balneario de ¨Piedras Azules¨, en el lago de Managua.
Al acercarse al sitio, una horrible tufarada horadó su olfato y casi lo hizo vomitar.
A corta distancia de donde se encontraba, unos cuantos perros se disputaban con los zopilotes los restos de lo que fue un hombre. Impresionado con su hallazgo, el campesino se dirigió a la más cercana delegación policial donde dio cuenta de lo ocurrido.
Gracias a algunos documentos que no fueron dañados se logró la identificación de los restos: eran los de Antonio Areas Alvarez.
¿Cómo había ido a parar ahí si su desaparición se produjo presuntamente en Ticuantepe, a unos 40 kilómetros en dirección opuesta?
Villalobos seguía sosteniendo su versión sobre la extraña desaparición de Areas de su quinta en Ticuantepe. Como Areas, que se supiera, no tenía nada que ir a hacer en Piedras Azules y mucho menos aparecerse en aquél estado, la Policía estaba en la obligación de averiguar qué le había ocurrido.
El pequeño Antonio dijo, al ser interrogado, que su papá había salido de la quinta en compañía de un hombre llamado Víctor. Tomando en cuenta que en los alrededores no había nadie con ese nombre y que el niño estaba lejos aún de razonar correctamente, los investigadores entendieron que perdían el tiempo con él.
Cuando la Policía se enteró por la misma boca de Villalobos sobre las razones de las frecuentes visitas de Areas, supo que iba por buen camino. Dedujo acertadamente que el hombre ejercía sobre el finquero una clara extorsión y que éste se había cansado de su papel de proveedor de dinero.
Sin embargo, Villalobos sostenía que con Areas no tuvo problemas de ninguna clase. Pero el hecho de que mantuvieran buenas relaciones no era óbice para que no dijese la verdad. ¨Era un sinverguenza que cometía hazañas y luego desaparecía. Muchas veces cometió acciones que estaban fuera de la ley y yo tenía que ayudarlo¨, estalló.
Para entonces, las declaraciones de Denis Cerna, empleado de Villalobos detenido para investigar, sólo llegaron a confirmar lo que la Policía barruntaba desde hacía algún tiempo atrás.
Cerna dijo que su patrón le ofreció la suma de dos mil córdobas y una pistola especial si mataba a Areas. Con su habitual arrogancia, Villalobos le dijo: ¨Quiero que matés a un jodido que ya no quiero seguir viendo¨ . Pero, según Cerna, la propuesta le pareció indigna y la rechazó.
Con Cerna había sido también detenido su hermano Rafael quien declaró haber escuchado a Villalobos cuando dijo: ¨Vayan a dejar al niño a casa de su mamá que su papa no va a volver¨.
Villalobos fue detenido. El finquero rechazó vehementemente las declaraciones de ambos hermanos pero, al parecer, en el juez Adolfo García Esquivel pesaron más los antecedentes de violencia del sospechoso y las graves presunciones en su contra y dictó contra él auto de segura y formal prisión por el delito de homicidio.
Los detalles de la muerte de Areas (dónde fue asesinado y quiénes fueron sus ejecutores) no fueron dados a conocimiento público.
Gracias a la intervención de un influyente diputado oficialista, Villalobos fue excarcelado poco tiempo después.
DIALOGO PRECURSOR DE LA MUERTE
El 17 de abril de 1969, el finquero Cosme Villalobos y su visitante, Antonio Areas Alvarez sostuvieron el siguiente diálogo en la quinta del primero:
V.: Ajá amigo, ¿qué lo trae por aquí?
A.: Lo llegué a buscar varias veces a la parada del bus pero no pude encontrarlo.
V.: Ah sí, es que he tenido problemas con varios buses que me están reparando.
A.:Usted sabe que estoy fregado, el ojo siempre me está afectando y dice el médico que es a causa del balazo. Necesito su ayuda.
V.: (Un poco enojado) Ajá. ¿Y cuánto necesita?
A.. Pues yo creo que unos dos mil córdobas para arreglar mis asuntos. Yo sé que usted tiene facilidades.
Aquí Villalobos le dijo que no tenía ese dinero disponible. Areas bajó su petición a mil córdobas pero terminó aceptando los quinientos que el finquero le ofreció. Días después, su cadáver fue encontrado cerca de la costa del lago de Managua.
Al parecer Villalobos se acogió a la máxima que dice que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.