El impacto del pacto

Alvaro Lacayo A.

Un análisis cuidadoso del pactismo durante el siglo XX nos enseña en simetría perfecta, que lo que mal comienza, mal acaba. Nunca ha salido un chavalo sano y retozón de un acostón convenenciero y adúltero.

Para muestra un botón, véase la crisis inverosímil de la banca y el retroceso en la marcha de la democracia municipal mediante la inhibición antojadiza y por-arte-de magia del candidato conservador a la Alcaldía por un Consejo Electoral que obedece a susurros partidistas y no al interés nacional.

La conducta de los dos partidos hegemónicos deja en claro que en el amanecer del siglo XXI, no existe todavía un Proyecto Nacional y se ha perdido no sólo la credibilidad sino que además el liderazgo moral, cultural y político.

Basta con analizar detenidamente el discurso simplón, populista y vacío y el autoritarismo que se pavonea en las esferas partidistas, para reconocer de inmediato la urgente tarea que se nos impone a los nicaragüenses de articular un discurso nuevo que nos permita rescatar la dignidad y evitar caer en la desmoralización total.

Urge un planteamiento con visión de Nación que contemple el aprovechamiento razonable de la ayuda externa, el aumento de la productividad nacional y la rápida implementación de los criterios que nos permitan calificar no sólo en la categoría de países pauperizados, sino que como el tercer país del mundo más endeudado, y lograr la condonación de la deuda. Esto implica la aplicación de medidas primordiales con metas de mejorar el Desarrollo Humano y la Solidaridad clásica, entre las que figuran la salud, el empleo, la transparencia y la gobernabilidad.

Nicaragua con una deuda del 318% sobre el PIB, y que tiene que echar mano al 40% de su producción para financiar la deuda no puede darse el lujo de caer atrapada en el Pacto-Populismo estéril, mientras el resto del continente intenta depurar su sistema electoral y la democracia municipal, como en el caso de México y sus recientes elecciones, que tanto en la Presidencia como en la Gobernatura del paupérrimo estado de Chiapas dieron al traste con sesenta años de populismo y corrupción.

En un mundo en el que coexisten la más atroz de las hambrunas con una prosperidad sin precedentes, la pobreza puede hacer estallar el sistema. Mientras en el continente se desmantela el populismo y se desenmascara el rostro áspero de la fusión corruptora entre partido y estado, Nicaragua no puede ni debe empantanarse una vez más, bajo el riesgo de no obtener jamás el perdón de 4 de los 6 mil millones de dólares de deuda externa y profundizar una crisis de repercusiones insospechadas. He ahí la función sagrada de la Esperanza, lo más valioso con que cuenta el homo sapiens. La lucha frontal contra la pobreza deja de ser algo accesorio para convertirse en objetivo primordial de una estrategia económica que reconozca en declararle la guerra a muerte a la pobreza, el mejor negocio del siglo XXI.

* El autor es médico siquiátra.  

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