¿Quién comprará el próximo CD?

Carlos Ling

Cuando henry ford revolucionó la industria agregándole el concepto de mercado: un producto para un destinatario, no se imaginaba las consecuencias que esa innovación acarrearía para las futuras generaciones.

El Ford, Modelo “T” predestinado a jugar un papel en cada hogar norteamericano, era un producto destinado a un universo de consumidores grupales, la familia nuclear tipo (anglosajona) de los EE.UU. de América.

Los productos de las líneas de montaje que le siguieron se estructuraron con esa misma orientación y las líneas similares desarrolladas en los otros países industrializados se orientaron a satisfacer las necesidades de los poderes adquisitivos de familias similares.

Luego vino la depresión, la competencia por los mercados tradicionales, la repartición de las fuentes de materias primas para la era de la metalurgia avanzada y de la electrónica y de pronto: ¡los mercados resultaron insuficientes!, incluso, después de haber eliminado a Alemania y la URSS como competidores.

Capacidades de producción y expectativas de ganancia resultaron mucho mayores que compradores y poderes adquisitivos.

Con el reto vino la respuesta: los países industrializados, no eran los únicos que podían comprar: el concepto de desarrollo buscó levantar a los países más pobres hasta el nivel de un consumo aceptable y “digno”, se subsidió el consumo de los pobres con planes de desarrollo económico, con el fin último de estimular las economías propias.

Pocos años después esta estrategia también resultaba insuficiente y los estrategas del mercado se vieron obligados a dividir los núcleos de consumo: en vez de la familia nuclear, se diseñaron y se vendieron productos para mujeres y para hombres, para jóvenes, para viejos y se introdujo el crédito.

Los años setenta y ochenta descubrieron que aunque los niños y niñas no producían ni ganaban, sí podían compeler a otros (padres, abuelos, amigos, adultos, etc.) a consumir por ell@s y para ell@s.

Hoy en día los patrones de orientación de mercado llegan a ser muy sutiles y cubren casi toda la gama de “mercados de nicho”, por edad, sexo, preferencia sexual, religión, etnia e incluso, nivel académico.

La pregunta delicada surge del hecho de que los productos, sean teléfonos celulares, muñecas o CDs, que se producen en números crecientes para universos de consumidores cada vez más limitados.

No bastó abrir los mercados de la Europa comunista o el ignoto mercado chino a los productos de Occidente, ahora estos países que se creían atrasados, producen los mismos productos, los hacen mejor y más baratos y saturan no sólo sus poblaciones sino que invaden las de Occidente.

Uno de cada dos teléfonos celulares Nokia o Erickson que se venden en el mundo son producidos en China, un 12% de las autopartes de varias casas de automotores europeos se fabrican en Rusia o la antigua Checoslovaquia.

¿Quiénes comprarán los productos del futuro?

Las casas productoras, los grandes capitales y los gobiernos de los países que les albergan, se hacen esa misma pregunta y dejan de dormir diseñando las estrategias que permitan aumentar las ventas y las utilidades.

La respuesta a este reto ha sido hasta ahora aumentar, marginalmente las capacidades de las poblaciones metas existentes, formas de crédito más sofisticadas, compras colectivas, etc.

Los gobiernos se empeñan, y colocan sumas substanciales, en introducir al mercado a aquellas poblaciones que tradicionalmente han estado marginadas o se resisten a participar, comunidades religiosas, poblaciones incomunicadas, comunidades indígenas.

Así que no es de extrañar que los productos de este nuevo milenio se orienten a las tribus de la Amazonia Brasilera, a los Montaignards de Indochina o a los Mayangnas de Bosawás.

¿Quién ganará con todo esto?  

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