La Iglesia frente a la corrupción

J. Dávila y Castellón

Algunos quejosos sostienen que “la Iglesia debería encerrarse en la sacristía”, quisieran que, sobre todo la Jerarquía eclesiástica, vendara sus ojos frente a la realidad concreta que vive el hombre, olvidando o ignorando quizás que, precisamente, “el camino de la Iglesia es el hombre”, como se ha encargado de enfatizarlo repetidamente el Vicario de Cristo, S.S. Juan Pablo II. Pero aquellos que están conscientes de que la Iglesia acompaña a la persona humana en sus alegrías y tristezas, esperanzas y angustias, es decir, en su diario vivir, lo que hace con ternura y sabiduría, saben, asimismo, que, para cada situación, a la luz del Evangelio, la Madre y Maestra de todos los hombres, la Santa Iglesia Católica, tiene una palabra.

A propósito de la corrupción, tema obligado últimamente en nuestro medio, nada más oportuno que arrojar destellos de luz sobre las sombras. Y lo hacemos ofreciendo a nuestros lectores la palabra segura del Pastor Visible y Universal de los Cristianos, el Papa Juan Pablo II. “La corrupción –nos dice el Papa frecuentemente presente entre las causas de la agobiante deuda externa–, es un problema grave que debe ser considerado atentamente. La corrupción “sin guardar límites, afecta a las personas, a las estructuras públicas y privadas de poder y a las clases dirigentes”. Se trata de una situación que “favorece la impunidad y el enriquecimiento ilícito, la falta de confianza con respecto a las instituciones políticas, sobre todo en la administración de la justicia y en la inversión pública, no siempre clara, igual y eficaz para todos” (Propositio 37).

“A este propósito, deseo recordar cuanto escribí en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1998, que la lacra de la corrupción debe ser denunciada y combatida con valentía por quienes detentan la autoridad y con la “colaboración generosa de todos los ciudadanos, sostenidos por una fuerte conciencia moral” (N 5: AAS 90 (1998), 152).

Denunciar las injusticias es obra de valientes, sobre todo si se ha vivido bajo la bota de una férrea dictadura o de una oprobiosa tiranía de uno u otro signo ideológico en el pasado… Entonces los remanentes del miedo y la inseguridad subyacen en el inconsciente personal y colectivo de los ciudadanos honrados. Por lo menos esa es la actitud asumida por muchos, aunque generalmente escondida bajo la supuesta capa de la prudencia.

El Sucesor de San Pedro no se quedó en plena teoría al abordar el problema de la corrupción; brinda sugerencias dignas de ser aplicadas en búsqueda de soluciones prácticas para erradicar o tratar de superar este pecado social, fuente de males de largo alcance, algunos de los cuales han sido señalados antes por el Sumo Pontífice. Dice el Papa: “Los adecuados organismos de control y la transparencia de las transacciones económicas y financieras previenen ulteriormente y evitan en muchos casos que se extienda la corrupción, cuyas consecuencias nefastas recaen principalmente sobre los más pobres y desvalidos. Son además los pobres los primeros en sufrir los retrasos, la ineficiencia, la ausencia de una defensa adecuada y las carencias estructurales, cuando la administración de la justicia es corrupta”, finaliza advirtiendo Juan Pablo II.

Queda claro, conforme la conclusión del mensaje del Papa, que los desafiantes problemas sociales que nos afligen como pueblo, en este caso el de la corrupción, poseen una base de tipo moral. La corrupción, por tanto, se origina en el corazón del hombre. No existiría corrupción alguna en el manejo de la cosa pública sin funcionarios corruptos. Urge educar la conciencia social de los hombres y mujeres de hoy y del mañana. En esto el hogar y la escuela, como la universidad, juegan un papel primordial e ineludible. Hoy, como ayer, la falta de una seria formación ética, de fuertes y arraigados principios morales y religiosos se hace sentir.  

Editorial
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