Pbro. Silvio Fonseca Martínez
Dijo Pedro: “Tú eres el Mesías”
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 8, 27-35.
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los pueblos de Cesarea de Filipo; por el camino les hizo esta pregunta: “¿quién dice la gente que soy yo?”. Ellos le contestaron: “Algunos que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas”. El les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”.
Y El les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del Hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día. Todo esto lo decía con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos reprendió a Pedro, diciéndole: “¡Apártate de mí, Satanás!, porque tú no piensas como Dios, sino como los hombres”.
Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: “El que quiera venirse conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará”.
Palabra del Señor.
LECTURAS BIBLICAS: Isaías 50, 5-9/Santiago 2, 14-28/San Marcos 8, 27-35.
Me parece importante distinguir entre el triunfo y el triunfalismo; mientras el primero se debe entender a cualquier aspiración y deber humano (ejemplo triunfar sobre el pecado, sobre el enemigo etc.); lo segundo tiene un sentido más vanidoso y hasta engañoso. El diccionario Vox lo define así: “triunfalismo: opinión exageradamente halagüeña que un individuo o una sociedad tiene de sí mismos, o de aquello que se anuncia o comenta”; en cambio triunfar es obtener honores, vencer, tener éxitos.
El Evangelio de hoy es crucial para la cristología y la eclesiología acerca de su verdadera interpretación; Jesucristo no sólo se vio obligado a instruir a sus discípulos, sino a hablar con claridad sobre su suerte, algunos comentaristas bíblicos opinan que Jesús hizo estas preguntas en la mitad de su ministerio público; el mismo texto refleja las diversas opiniones que se decían sobre él. La verdad que les reveló acerca de su misión escandalizó a sus más cercanos colaboradores que sin duda tenían esperanzas terrenales, aspirando incluso a cuotas de poder; como judíos fue más escandaloso la misión de la cruz, que como bien sabemos era para ellos un instrumento de maldición y castigo.
La primera lectura, el cántico del siervo de Yahvé ilumina el profetismo de Jesucristo; igual que a otros la paga que les espera es el sufrimiento por ser fiel a su misión. El profeta es el que anuncia y denuncia; su presencia y su palabra se convierte en un estorbo y una interpelación permanente para el que actúa mal; por eso se le declarará la guerra y se le hará la vida imposible; el interpelado buscará cómo hacerlo desaparecer de su presencia; así se manifiesta su fracaso ante la imposibilidad de callar aquella palabra que resuena en su conciencia y aparece simultáneamente el triunfo del Profeta que gana una batalla frente al mal.
La liturgia de este domingo nos recuerda una vez más que los cristianos no debemos engañarnos con triunfalismos, que en el fondo puedan reflejar no un deber a cumplir con Dios y la sociedad, sino un acto de soberbia que no busca la gloria de Dios y la salvación del género humano, y nuestro protagonismo personal. También es útil aprender de Jesús la sinceridad y la franqueza con que habló a sus discípulos: nunca prometamos lo que no tenemos ni podemos; siempre hablemos con la verdad; así seremos dignos de confianza y credibilidad; no hay peor defecto en un ser humano y en el cristiano que la mentira. Teresa de Calcuta decía que el hombre más peligroso es el mentiroso.