La visita a Nicaragua del Director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, ha sido el segundo evento más destacado (después de la repatriación de los restos de Salomón Ibarra Mayorga, el letrista del Himno Nacional de Nicaragua) en la celebración de las Fiestas Patrias de este año.
Pareciera un contrasentido elogiar lo español durante las Fiestas Patrias nicaragüenses, una de las cuales es precisamente el aniversario de la independencia nacional, o sea del fin de la dominación de España en Nicaragua que estuvo plagada de crueldades de todo tipo, inclusive el genocidio, cometidas por los conquistadores y colonialistas españoles en contra del pueblo nativo-americano.
En realidad, hay que conservar en la memoria colectiva todos los hechos importantes, negativos y positivos, ocurridos a lo largo de la historia. La identidad nacional se nutre con el conocimiento de los sufrimientos y de las luchas de nuestros antepasados aborígenes, pero también con la apropiación adecuada de las consecuencias positivas que tuvo la fusión cultural española-americana- nicaragüense.
Tal es el caso del lenguaje, que como se sabe es uno -el principal- de los elementos fundacionales y configurativos de la nación, junto con el territorio, el origen común, la historia y la cultura. Y si el idioma común de los nicaragüenses es el español, sin perjuicio de las lenguas particulares que hablan también las minorías étnicas del país, no cabe ninguna duda de que la lengua española fue el mejor legado de España para América en general y Nicaragua en particular.
Por eso ha sido una honra también para Nicaragua -aunque en general haya pasado desapercibido- el hecho de que la Real Academia Española (RAE) y las 22 academias hispanoamericanas de la lengua que están asociadas con ella, recibieran el Premio de la Fundación Príncipe Asturias de España precisamente en este mes de septiembre y cuando el director de la RAE se encontraba de visita en Centroamérica. Se trata, en realidad, de un premio al que todas las academias iberoamericanas, incluyendo la de Nicaragua, se hicieron merecedoras por su contribución a la unidad del idioma español, por hacer que esta lengua sirva como “un lugar de encuentro y no sólo como canal de comunicación”, y porque “la lengua (española) nos hace patria común en una concordia superior”, según como valoró el director de la RAE el por qué del otorgamiento del Premio Asturias.
La lengua española es patrimonio del conjunto de pueblos más grande del mundo, que reúne a unos 400 millones de personas para las que el español es un medio de comunicación, diálogo, identidad, entendimiento y concordia; pues, como dijo Víctor García de la Concha al comentar la decisión de la Fundación Príncipe de Asturias de premiar a las academias: “por encima de cualquier contencioso, el español es una reserva de entendimiento y afecto”.
Eso es lo que se reconoce en el Acta de otorgamiento del Premio, al destacar que se otorga a todas las academias hispanoamericanas por la “continuada y tenaz tarea que desarrollan de forma conjunta en favor de la lengua española como vehículo de entendimiento y de concordia entre los pueblos, salvaguardando y engrandeciendo así un valioso patrimonio universal”.
Mario Vargas Llosa, al comentar la distinción señaló que “este premio reconoce la importancia de un idioma que está vivo y destaca que es necesario que se mantengan ciertas normas”. Y agregó que: “Ya nadie es capaz de suscribir esa frase de Rubén Darío: “De las academias, líbranos, Señor”.
En realidad, de Rubén Darío, el gran nicaragüense reformador de la lengua española, lo que hay que suscribir siempre es lo que dijo el insigne Miguel de Unamuno, que fue citado el recién pasado miércoles 13 de septiembre en Managua, por Víctor García de la Concha, al recibir de la Asamblea Nacional la Orden Pedro Joaquín Chamorro en su Grado de Gran Cruz: “Para la lengua española, desde el Siglo de Oro hasta ahora no hay más que un nombre: Rubén Darío”.
Sin dudas que el legado de España a la Nicaragua independiente ha estado en muy buenas manos.