Nuestro particular voto hepático

Humberto Castilla Toledo

Una vez más hemos sido testigos, ante los últimos acontecimientos que han removido el piso de nuestro anfiteatro político, del particular estilo de hacer política que históricamente nos ha caracterizado a los nicaragüenses. Hacemos referencia a la reciente sarta de traspiés y zancadillas que se ha dado entre algunos líderes que hacen del arte de gobernar su modus vivendi.

Sin ánimo de tomar partido de algún sector proselitista en particular, hemos reflexionado sobre los recientes dimes que diretes que se han suscitado entre nuestros políticos, y hemos llegado a algunas conclusiones autocríticas. Por ejemplo, si miramos hacia el lado izquierdo de nuestro variado espectro político, nos encontramos con un sandinismo que al parecer nunca superó la crítica acérrima al somocismo y una parcializada lucha contra la pobreza como su única plataforma política. Son innegables algunos avances logrados por los frentistas en el campo social, tanto durante su gobierno como desde la oposición. Sin embargo, el pecado del Frente está en que propició la repartición de pastel de la economía nacional sin asegurar los medios de autosostenimiento suficientes para que ese pastel no se terminara en la primera ronda de reparticiones. O sea, dividieron en tantos pedacitos los medios de producción que, finalmente, lo que terminaron repartiendo fue miseria. Se olvidaron los sandinistas de hacer rentable la Patria. Y para ser totalmente sinceros, debemos preguntarnos quiénes fueron los que se dejaron las rodajas más grandes y jugosas.

Por otro lado, el voto antisandinista no ha terminado de convertirse en un voto racional, de ideas y no de revanchismos. Así, vemos que ante la eliminación de las asociaciones de suscripción popular por parte de los dos partidos que tienen “la sartén por el mango” en la Asamblea Nacional, repentinamente pareciera que el voto castigo de la mayoría antisandinista tiende a volcarse y endosar confiadamente su voto, sin más, a los conservadores–negociadores y suscriptores de uno de los históricos pactos políticos que se fraguaron sin consultar a la ciudadanía, el conocido como “Kupia Kumi”.

El problema que vemos no está en si efectivamente tal o cual agrupación política es capaz y tiene los méritos suficientes para merecer nuestro apoyo en los futuros comicios, el problema más bien está en que, al parecer, meditamos con más detenimiento y seriedad a quién le podríamos endosar un cheque, que a quién le daremos nuestro voto en cada contienda electoral. No hacemos conciencia de que cuando votamos lo que hacemos no es menos que entregar a un partido la toma de las decisiones que posiblemente solucionen o, en el peor de los casos, hasta agraven nuestros problemas como nación. Pareciera que el órgano de nuestro cuerpo donde se gestan nuestras decisiones electorales es el hígado, y no el cerebro como debiera ser.

Así podemos definir nuestra particular cultura política, como una serie interminable de “pasadas de cuenta” a quienes han ostentado el poder y no supieron cómo manejarlo de la mejor manera. Reiteradamente nos inclinamos a favor de quienes atacan furibundamente las administraciones de turno, pero que se limitan a criticar con el único fin de capitalizar el descontento de la opinión pública en su favor, en vez de proponer soluciones e ideas concretas sobre cómo conducir mejor al o cual área de interés. Lamentablemente, pareciera que los nicaragüenses no nos detenemos en escudriñar los programas políticos propuestos concienzudamente por algunos candidatos, sino que más bien favorecemos un clientelismo político apasionado y basado más en estados de ánimo que en análisis imparciales sobre los beneficios concretos a que objetivamente podemos aspirar.

La consecuencia lógica de tales decisiones, además de pasar el tiempo quejándonos constantemente de nuestra suerte, es vivir en eternas crisis políticas, como si la solución de las mismas no dependiera sólo de las determinaciones tomadas sin mucho pensarlo a la hora de depositar nuestro voto. Si realmente queremos ser autocríticos, tomemos conciencia de que como sociedad carecemos de la madurez que caracteriza a las culturas con formación democrática más arraigada.

Pero por supuesto que no todo está perdido. Primero, debiéramos dejar de culparnos unos a otros de quiénes hemos sido los responsables de no solucionar oportunamente nuestros problemas; después, en las próximas elecciones, meditemos más, con conciencia y detenimiento, tomemos al menos cinco o diez minutos para analizar todos los candidatos de cada boleta, y elijamos con una mente fría y calculadora sobre cuáles de ellos tienen más posibilidades de tomar las mejores decisiones.

Sólo de esa manera, con raciocinio y objetividad a la hora de escoger nuestros líderes, nos transformaremos de una sociedad que se caracteriza por sortear crisis constantes, en una de economía rentable y pujante; lograremos esto convirtiendo nuestros votos “hepáticos” en votos productivos, que valgan su peso en divisas frescas y libres de compromisos.  

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí