Una luz para los moribundos

Lee Chia Tung

En septiembre de 1994 viajé a la India para conocer a la Madre Teresa. En ese tiempo era yo rector de la Universidad Providence de Taiwan y, dado que la religiosa tenía pensado visitarnos en noviembre para recibir el nombramiento de doctora honoris causa, decidí ir a Calcuta para formarme una mejor idea de su labor.

Nos reunimos después de la misa matutina, pero, como mucha gente esperaba verla, sólo pudimos conversar unos minutos para confirmar la fecha de su llegada a Taiwan y la duración de su estancia.

Viendo que tenía dos días libres, me ofrecí para ayudar en el Hogar para Indigentes Moribundos. La Madre Teresa fundó este albergue en 1952, en la zona sur de Calculta, para cuidar a los desamparados que padecen enfermedades incurables. El edificio se encuentra junto al templo hinduista de Kali y originalmente se usó para alojar a los peregrinos. Vi a tantos menesterosos en la calle, que cuando entré en el hogar me pareció estar en el cielo.

El edificio tiene un ala para hombres y otra para mujeres. Entre ellas hay una cocina, un depósito de cadáveres y una lavandería. Había muchos otros voluntarios, pero vi con sorpresa que a todos les sobraba trabajo. Mi primera tarea fue lavar ropa; después de una hora subí a la azotea a tenderla. Cuando volví, alguien me dijo:

–Hermano, ha muerto un enfermo. Ayúdenos a trasladar el cuerpo.

Después comprendí que me habían confundido con un religioso porque iba vestido con camisa y pantalón, como los hermanos encargados del hogar. Llevamos el cadáver al depósito. No miré la cara del difunto, pero su cuerpo me pareció asombrosamente liviano.

A eso de las 11 de la mañana llegó un sacerdote a decir misa. Después fuimos a dar de comer a los enfermos. La comida –un guiso de carne al curry con arroz–, no estaba nada mal. Poco antes me había llamado la atención un enfermo: un chico no mayor de 15 años que me había pedido un vaso de leche. Se lo di a beber a cucharadas y luego le di de comer, pero al terminar no quería soltarme la mano. En eso, otro voluntario me dijo:

–Hermano, el muchacho quiere ir al baño.

Comprendí entonces que no podía andar sin ayuda. Lo levanté y lo acompañé al baño, ofreciéndole el brazo para que se apoyara.

Al otro día el trajín fue aún mayor. Primero tuve que lavar con un polvo abrasivo los trastos de acero inoxidable que usaban los enfermos. Luego ayudé a vestirse a los que acababan de ser bañados. Allí me di cuenta de que estaba en los huesos.

A continuación volví a lavar ropa. Mientras lo hacía, me pidieron ayuda para dar las medicinas a los enfermos. Estaba ocupado en eso cuando un voluntario me dijo:

–Hermano, soy conductor de ambulancia. Por favor, ayúdeme a subir cuatro cuerpos al vehículo.

Unas viejas lesiones de espalda no me permitían levantar cosas pesadas, pero aún así acompañé al conductor. Afortunadamente, los cadáveres estaban amortajados de pies a cabeza y no me vi obligado a verles el rostro.

Antes de subir a la ambulancia, llamé a un hermano joven y le pedí que nos acompañara. Tenía unos 19 años y era fornido. Pensé que, de no haber sido religioso, habría podido llevar una vida muy cómoda y, sin embargo, lo único que poseía eran tres mudas de ropa. Aún así, cualquiera habría dicho que era el dueño del mundo, porque siempre estaba sonriendo.

No tardamos en llegar al crematorio. Dejamos los cuerpos sobre un montón de leña sin saber a qué hora iban a incinerarlos. Me pareció como si estuviéramos tirando basura y me llené de tristeza.

En cuanto nos volvimos, dos enormes cuervos se posaron sobre los cadáveres. Hicieron jirones la mortaja de uno con sus garras y empezaron a picotear la carne. Al muerto le habían acomodado las manos sobre el pecho, pero al abrirse la tela vi que la derecha resbaló lentamente hasta tocar el suelo. El rostro también quedó al descubierto: tenía los ojos abiertos y miraba al cielo con una expresión de desdicha y dolor. Entonces lo reconocí: era un joven que el día anterior se había negado a comer y a beber; lo único que quería era que alguien lo tomara de las manos. Al atardecer exhaló su último aliento.

Perturbados por lo que estábamos viendo, corrimos a espantar a los cuervos. Encontré un tablón y lo puse sobre el cadáver, aunque no le cubría la cabeza ni los pies. El incidente duró sólo unos segundos, pero la expresión triste del joven, interrogando sin palabras al cielo, y la imagen de las aves que le picoteaban el cuerpo eran insoportables.

Cuando regresamos al albergue, aún había que sacar la basura. Era un trayecto de cinco minutos a pie hasta el vertedero. Antes de llegar, un tropel de niños nos salió al paso para arrebatarnos las bolsas de desperdicios. Sobre los montones de basura había decenas de cuervos que se disputaban los despojos y un hervidero de gente de todas las edades que rebuscaban entre la inmundicia. Nunca se me había desgarrado más el corazón. Había visto imágenes parecidas en la televisión y en los periódicos, pero jamás frente a mis ojos. Por fin comprendía cabalmente la tragedia de la pobreza.

Más tarde una monja me llamó a la capilla a orar. Los hermanos ya estaban allí cuando llegué. El joven fornido se hallaba sentado en actitud meditativa, con las piernas cruzadas, las manos extendidas y la cabeza inclinada.

En el fondo encontré un sitio para sentarme. Aún no acababa de hacerlo cuando las lágrimas me brotaron sin que pudiera evitarlo. No era la primera vez que ayudaba a los pobres, pero siempre había buscado tareas sencillas. Si visitaba alguna cárcel, trababa amistad con los presos jóvenes y educados. No me atrevía a confortar a los condenados a muerte, no sólo porque no soportaba verlos esposados y con grilletes, sino porque me aterraba acompañarlos a la hora de la ejecución.

Conscientemente o no, siempre había evitado presenciar la pobreza y la desgracia crudas. No me atrevía a mirar de frente la parte más dolorosa de la vida humana. De hecho, nunca había realizado un verdadero acto de amor o compasión.

Más de 50 años de tranquilidad espiritual se esfumaron con las escenas que había presenciado en las dos últimas horas.

Nunca había sabido rezar, pero en aquel instante sentí que estaba hablando con Jesús. No le oculté nada; dejé fluir las palabras y las lágrimas. Seguí llorando un rato y, contra lo que esperaba, empezó a invadirme una especie de paz.

Tomado de selecciones del reader digest, julio de 2000  

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