Pbro. Silvio Fonseca Martínez
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 7,31-37
En aquel tiempo, dejó Jesús la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al lado de Galilea, atravesando la región de la Decápolis. Le llevaron entonces un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos. El lo apartó de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “¡Effetá!” (que quiere decir: ábrete).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. El les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Todos estaban asombrados y decían: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.
Palabra del Señor.
Señor, ¡Hazme oír y hablar!
Lecturas Bíblicas: Isaías 35,4-7/Santiago 2,1-5/San Marcos 7,31-37
El evangelio de hoy tiene la misma referencia de la primera lectura (Is.35,5-7; Mc.7,35). En el contexto de la primera lectura se refiere a los deportados en Babilonia, donde habían perdido la visión, la capacidad de escuchar y el movimiento de la comunicación. En el evangelio se refiere a la predicación, donde los sordomudos abundan y no quieren escuchar ni hablar la Palabra de Dios.
Es importante detenernos en los detalles del evangelio de hoy que sirven de elementos para la evangelización. Un primer detalle, es que la comunidad se ocupa de llevarle al enfermo “para que le impusiera las manos” (Mc. 7,30); así, el texto evangélico testimonia este rito practicado en la comunidad cristiana; sin embargo, Jesús hace caso omiso y utiliza sus propios signos. En el sacramento del bautismo utilizamos el mismo cuando el celebrante mete los dedos en el oído y la boca del bautizado, repite la misma palabra de Jesús y añade: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y profesar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre”.
Tomando en consideración la intención principal del evangelista, hay que subrayar la actitud orante de Jesús y su poder manifestado de inmediato en aquella curación; pero esto se aplica indudablemente a los sordomudos espirituales que necesitan una acción igual milagrosa; me refiero, y esto se sobreentiende, a todos aquéllos que permanecen sordos y tartamudos al mensaje de salvación, tanto en lo que se refiere a la Fe como su práctica.
En continuidad con lo anterior cabe aquí la exhortación de Santiago (2,1-5), que hoy leímos en la segunda lectura, acerca del grito de los pobres discriminados que no tienen cabida con los ricos, y cuyo grito se pierde en el silencio porque no hay nadie quien los escuche. Se trata de una cuestión social que no le es indiferente al evangelio y que el cristiano no puede permanecer sordo y tartamudo. Sin embargo no nos equivoquemos; el papel profético de la Iglesia se reduce a ser voz de los que no la tienen; no nos competen las soluciones prácticas; esto es competencia de los sistemas temporales. A veces se acusa a la Iglesia injustamente acerca de la solución de los problemas sociales: Si los sistemas sociales, económicos y políticos, no son capaces de solucionarlos, mucho menos la Iglesia que ni tiene los medios, ni tiene este fin.
A la luz de la Palabra de Dios de este domingo, podrían ayudarnos las palabras del salmo 94: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”.