Emilio Alvarez
Es la típica enfermedad de la miseria extrema, que suele aparecer incluso en forma de epidemia aunque no sea infecciosa, en niños desnutridos que viven en caseríos rurales ubicados en tierras que sufrieron severas sequías consecutivas. El síntoma dominante de esas criaturas es su notoria e impresionante incapacidad de su función visual, manifestada cuando llega en el crepúsculo. Son niños que caminan dentro de las casas al llegar la noche a tientas temerosos de tropezar y lastimarse al chocar en la penumbra con sillas y muebles que no alcanzan a distinguir. Son niños tristes, macilentos, de piel seca, de ojos que perdieron el brillo de la córnea, de voz enronquecida, huraños y de pelo hirsuto como bandera de varios colores. Son como fantasmitas que apenas llega la noche se comportan como ciegos.
Es un cuadro que se instala poco a poco, en hogares que han sufrido privación grave de alimentos básicos como leche, huevos, carnes y verduras frescas. Los padres de estos pre escolares desnutridos apenas tienen dinero para comprar la dieta elemental de frijoles en bala, arroz y tortilla mientras a los niños los contentan con atoles, maicenas, pinoles y tortillas de trigo millón.
El poblado que me tocó visitar en aquella ocasión por encargo del entonces ministro de Salubridad, Dr. Leonardo Somarriba, estaba situado en jurisdicción de Puertas Viejas, enclavado en las vecindades de Sébaco, en una llanura seca de clima cálido, que no había recibido lluvias durante año y medio. Las cosechas se habían perdido y todo el ingreso de esa pobre gente había consistido en la venta de leña que recogían en los alrededores o persiguiendo iguanas y garrobos para ofrecerlos en venta a los viajeros a la orilla de la carretera. Los huevos de sus gallinas los tenían que vender para completar el magro ingreso.
Para quienes se interesen en conocer por qué se produce la ceguera nocturna basta explicarles que es resultado de la carencia en el consumo de alimentos ricos en vitaminas A, como los lácteos, otras proteínas, y además vegetales frescos esenciales para mantener activo el metabolismo de los pequeños censores llamados bastones que tapizan toda la periferia de la retina, encargada de captar los bajos niveles de iluminación.
Fue fácil hacer el diagnóstico en esos pequeños pacientes, pero quise comprobarlo llevando a un experimentado laboratorista, quien les extrajo sangre para dosificar los niveles de beta caroteno, precursor de la vitamina A. Las cifras que obtuvo fueron bajísimas y se acompañaba en todos los casos de un avanzado grado de desnutrición.
Lo interesante de esta enfermedad es que los pequeños pacientes reaccionan rápida y positivamente a la ingestión diaria de perlas de 5.000 unidades de vitamina A que parecen caramelos. En 48 horas estaban recuperados. Posteriormente el ministro invitó al nutricionista Nevin Scrimshaw, del Instituto de Nutrición para Centroamérica, quien corroboró los hallazgos mencionados.
Recuerdo ese triste episodio de mi práctica de oftalmólogo de hace años ahora que ha vuelto a presentarse en municipios del norte, que han sido azotados por sequía, casos de niños con ceguera nocturna. Espero que la administración rutinaria que ahora se hace mezclando betacaroteno con el azúcar de consumo diario, que por cierto es barato, se prevenga de una vez la aparición de esos casos lamentables de ceguera nocturna en infantes indefensos.
* El autor es médico oftalmólogo.