La felicidad laboral

J. Dávila y Castellón

Un buen salario, la armonía o camaradería entre los compañeros de trabajo, un local apropiado o debidamente acondicionado son, sin duda, ciertos elementos que en parte pueden contribuir a crear un ambiente agradable o tranquilo en un centro de trabajo. Pero no bastan para lograr una auténtica felicidad laboral. La felicidad o la desgracia está dentro de cada quien, es algo que llevamos dentro. También la felicidad laboral.

Desgraciadamente, para infinidad de hombres y mujeres, el trabajo constituye una cruz demasiado pesada, nada más; un yugo insoportable del que, suspirando ansiosamente, no encuentran la hora de ser liberados. No obstante, existe una buena noticia: hay un “Evangelio del Trabajo”. También el trabajo, como la enfermedad y la muerte, ha sido vencido en Jesucristo. En este nuevo estado de cosas, el trabajo puede ser fuente de felicidad, fuente de gracia o medio de santificación y, por lo mismo, un tesoro para la vida eterna.

No es nada grato trabajar desmotivado, sin ganas, sólo por el sustento diario, trabajar por trabajar, sin ningún aliciente espiritual… Ojalá las siguientes palabras del Papa Juan Pablo II respecto al sentido cristiano del trabajo nos llenen de evangélico aliento. Dice el Vicario de Cristo: “El convencimiento de que el trabajo humano es una participación en la obra de Dios debe incluir también, como enseña el Concilio, “los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia”, sostiene el Papa, citando el Vaticano II.

Desde la óptica de la fe, cuánto honra el hombre al trabajo y el trabajo al hombre. Sin embargo, poco pensamos que con nuestro trabajo, aparte de lograr otros beneficios personales, familiares y sociales, completamos la obra maravillosa de la creación y contribuimos a la realización histórica de la voluntad de Dios. Esta conciencia de ser colaboradores de Dios debe significar el mayor estímulo para empeñarnos en trabajar con alegre competencia.

El Sumo Pontífice urge la mística del trabajo, cuando dice: “Es preciso, por tanto, que esta espiritualidad cristiana del trabajo sea patrimonio común de todos los hombres. Es preciso que, sobre todo en la época moderna, la espiritualidad del trabajo demuestre esa madurez que exigen las tensiones e inquietudes de las mentes y de los corazones”.

Únicamente poseyendo una “espiritualidad del trabajo”, como recomienda el Papa, haciendo del trabajo una oración, una ofrenda grata a Dios, sobrenaturalizando el trabajo, pondremos todo nuestro ser en la obra que realizamos y seremos, sin duda alguna, laboralmente felices. Por lo mismo, con mucha razón, el Papa insiste: “La convicción de que por medio del trabajo el hombre participa en la obra de la creación constituye la motivación primordial para hacerlo realidad en sus distintos aspectos. Como dice la Constitución Lumen Gentium, “los fieles deben conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz. En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado”.

Supuestos los legítimos derechos que asisten al hombre y la mujer del trabajo, no puede faltar el tener presente el factor espiritual para poder alcanzar una merecida felicidad laboral. La alegría nos acompaña cuando trabajamos como quien sirve y alaba al Señor; entonces, “las manos que bien trabajan, son manos que rezan”.  

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