Carlos Alberto Montaner
Cuando el gobierno norteamericano le otorgó más de mil millones de dólares en ayuda militar a Colombia, la reacción internacional no fue la mejor. Brasil, que comparte cientos de kilómetros de frontera, hizo saber su preocupación por una posible expansión de la guerra. Protestaron las organizaciones internacionales que defienden los Derechos Humanos. En Estados Unidos, los aislacionistas de izquierda y derecha recordaron el fantasma de Vietnam, y volvió a repetirse la más americana de todas las frases: «Mr. Clinton, ocúpese de sus propios asuntos». En Colombia, la izquierda marxista, notablemente envalentonada, sacó sus gentes a las calles a quemar banderas gringas.
Andrés Pastrana tiene una buena parte de culpa en todo esto. La ayuda está muy bien concedida -ojalá que hubiera sido el triple-, pero fue rematadamente mal solicitada. Pastrana, que es un hombre inteligente, y al que se le atribuía un excelente dominio del lenguaje de los símbolos políticos -es un profesional del periodismo-, en el primer año de su gobierno cometió un gravísimo error de comunicación: cambió los códigos con que internacionalmente se interpretaba el conflicto que destroza a Colombia. De pronto la guerra civil colombiana dejó de ser una lucha entre los defensores de la democracia, la libertad y el Estado de Derecho, enfrentados a los sacatripas de las guerrillas, aliados a bandas de narcotraficantes con el propósito de instaurar una dictadura de corte estalinista.
Súbitamente, Tiro Fijo, un viejo asesino, y Mono Jojoy un joven asesino, dejaron de ser los responsables de incontables masacres de personas inocentes, muchas de ellas niños y mujeres, y se transformaron en los legítimos representantes de otro modo de entender a Colombia. Tan legítimos, que se les otorgó un santuario de 42,000 kilómetros cuadrados con la peregrina excusa de que «de todas formas no se les podía derrotar». Algo así como entregarle la Alcaldía de New York a la mafia siciliana porque el FBI, tras setenta años de lucha, no ha conseguido erradicar a estos indeseables.
Hace dos años, cuando Andrés Pastrana ganó las elecciones, llegó al poder con un enorme capital político basado en tres factores clave: su justa fama de hombre honrado, rodeado por una familia ejemplar e incontaminado por el narcotráfico; sus vastas relaciones internacionales en el ámbito de la democracia cristiana y de los partidos conservadores; a lo que se agregaba un clima mundial en el que los comunistas, especialmente los violentos empeñados en destruir una sociedad tercamente democrática, habían quedado totalmente desacreditados por la desaparición de la URSS y el desprestigio del socialismo real. Él, Pastrana, era el rostro noble del lado bueno del conflicto. Sus adversarios, en cambio, encarnaban la idea platónica de los malvados. La ventaja de Pastrana (quizás la única), era su magnífica imagen. La debilidad de su adversario, sensu contrario, era la pésima percepción que provocaban.
¿Cuál era el flanco débil de Pastrana? La poca efectividad de sus tropas, la fragilidad de las instituciones y la desmoralización de los demócratas tras los conflictivos años del gobierno de Ernesto Samper. Todo lo que Pastrana tenía que hacer era convocar a una gran cruzada nacional e internacional por la libertad y contra las mafias de narcotraficantes. Él representaba todo esto y poseía la simpatía personal para encabezarla. Colombia no era la Guatemala de las dictaduras militares ni El Salvador de los Escuadrones de la Muerte. Era una democracia. Había libertades. Era fácil ayudarlo. Pastrana tenía la imagen perfecta para dar esa batalla y lograr batir a unos enemigos que encarnaban exactamente lo opuesto. Pero no lo hizo. Por el contrario, sacrificó sus mejores armas propagandísticas, proyectó a sus enemigos como gallardos revolucionarios, negó -por lo menos por un tiempo- que fueran aliados de los narcotraficantes, y buscó el consejo y el apoyo de Fidel Castro para hacer la paz en Colombia, un tirano de la misma cuerda política que sus adversarios, que una y otra vez se limitó a darle el más peligroso de los consejos: «paciencia, Andrés, paciencia», mientras con el total conocimiento de La Habana aterrizaban en la selva colombiana aviones cargados con miles de armas y pertrechos destinados a las guerrillas.
¿Quién pudo convencer a Pastrana de semejante disparate? Parece que Gabriel García Márquez, un espléndido escritor aquejado de una legendaria frigidez moral que lo mismo lo lanza en brazos de Torrijos, Daniel Ortega, Castro o Bill Clinton, porque sus juicios políticos no están teñidos por la coherencia ética, el sentido común o la ideología, sino por el realismo mágico y la vanidad literaria. Cuando llegó a la Casa Blanca un faulkneriano inteligente y culto como Clinton, lector de Cien años de soledad, a Gabo se le acabó el antiyanquismo. Si el Papa lo halaga y lo invita al Vaticano, canta el Ave María disfrazado de guardia suizo.
No nos engañemos: la ayuda norteamericana a Colombia significa un recrudecimiento de la guerra civil. Las guerrillas comunistas, que jamás pensaron en hacer la paz, van a incrementar sus ataques, mientras las mafias de narcotraficantes multiplicarán sus crímenes para tratar de paralizar el país. Es una vieja hipótesis formulada en el pasado siglo: mediante la violencia despiadada, mediante el uso indiscriminado del terror, es posible someter a la obediencia a cualquier sociedad. Colombia va a necesitar mucha ayuda para salir de este atolladero. No sé si Pastrana tiene tiempo de enmendar su increíble error y reformular de nuevo los códigos del conflicto. Ojalá pueda hacerlo. [FIRMAS PRESS]