Livio F. Grullón
Este subyugante ritmo con cadencia y salero capaz de enardecer los sentidos al más tímido de los mortales, tiene una historia que contar, a fin de ilustrar a nicaragüenses y más allá sobre sus orígenes, evolución y desarrollo. Es una reseña con la que nos proponemos despejar confusiones en la presente generación de jóvenes que no vivió el auge de prestantes grupos merengueros como los liderados por Wilfrido Vargas, Bony Cepeda y Jonny Ventura, entre otros.
La cita de estos famosos intérpretes dominicanos es oportuna porque en el tiempo en que causaron furor con su música, todavía los boricuas no se animaban a incursionar en el merengue como lo han hecho recientemente. Es de esa última envestida de este ritmo caribeño, de donde procede la falsa creencia de que el merengue es de factura puertorriqueña.
Pero no siempre el merengue contó con el favor que ahora recibe en los distintos medios nacionales e internacionales. Tanto es así que nuestros intelectuales del siglo XIX lo reputaban de morboso y obsceno en sus movimientos, mientras que los ocupantes de la primera intervención militar de Estados Unidos a República Dominicana en 1916, lo calificaban de ritmo alborotado, lo que dio lugar a que los tamboreros moderaran sus repiques. Así surgió el pambiche, nombre que proviene de la ropa con que eran confeccionados los uniformes de los soldados al servicio de la intervención. Hoy pambiche significa en buen dominicano, merengue lento.
El chispeante sabor a tierra recién labrada de este sin par género musical, estaba destinado a seguir siendo nuestra más alegre carta de presentación, superando con creces las limitaciones generadas por la aristocracia de otrora, cuando el tirano Rafael Trujillo, haciendo uso de su poder omnímodo, lo impuso en los salones para las grandes festividades.
En lo que respecta a su orquestación, nuestro merengue ha experimentado notorias transformaciones, ya que en un principio era ejecutado con el concurso de la guitarra y una marimba que hacía las veces de contrabajo. Mas luego le fue incorporado el acordeón de origen alemán, la tambora y la güira; es lo que en Dominicana se denomina perico ripiao. En esta fase de su evolución se destacaron los merengueros Ñico Lora y el Trío Reynoso.
Para los años 50 del recién pasado siglo, tres músicos de reputada nombradía: Juan Bautista Alfonseca, Luis Alberti y Papa Molina, produjeron arreglos mediante los cuales el merengue penetra a bandas de música más complejas por las características de su instrumentación como el saxo, el trombón y la trompeta.
Hoy que la República Dominicana está en los principales carteles de opinión a través del auge de excelentes cifras deportivas encabezadas por las actuaciones de Sammy Sosa con su contundente bateo y por la excepcional labor monticular de Pedro Martínez, también el merengue nos sigue llenando de orgullo allende los mares.
Esta música portadora de emoción para motivar a bailadores y bailadoras, revela la idiosincrasia alegre del pueblo dominicano, paseándose esta vez por el mundo bajo el ingenio creador de uno de los más finos exponentes de nuestras raíces, el cantautor del Niágara en Bicicleta, Juan Luis Guerra.
Definida la Secretaría Dominicana de la Cultura en la persona del joven poeta Tony Raful, se reanima nuestra aspiración por la realización en Nicaragua de un festival cultural Caribeño-Centroamericano que posibilite dar a conocer en forma viva y objetiva lo que es en esencia el merengue y otras expresiones de nuestro folklore como la mangulina, el carabiné, los atabales (palos) y la bachata.
* El autor es primer secretario de la Embajada de la República Dominicana.