Federico Dueñas de la Peña
Me refiero a la última medida tomada por la Policía Nacional de que la totalidad de sus miembros activos porten una “chapa” metálica con número de identificación VISIBLE E INDIVIDUAL a fin de que la ciudadanía les identifique con mayor seguridad y confianza. Esta es una buena medida que debe incidir en una mayor tranquilidad del público para con los auténticos guardianes del orden.
Sin embargo, desde este espacio hemos insistido ya desde hace varios años en que el policía al servicio activo de la población debe ostentar una identificación más amplia y categórica. Esto se logra con una fotografía actualizada, NOMBRE COMPLETO Y RANGO del agente en cuestión incorporada a una credencial adicional a la chapa ya en vigencia. ¿Es mucho pedir, pregúntome yo? Estamos claros de que dicha fotografía no será en muchos casos la de Brad Pitt ni de Tom Cruise. Pero no estamos buscando astros del celuloide, sino sólo pretendiendo identificar con claridad a la persona que es Autoridad en el momento en que el policía se aproxima a nosotros. Y nosotros, el publico, el ciudadano común y corriente, debemos de tener la seguridad de que el que se nos acerca es un auténtico guardián del orden al que debemos obedecer y respetar, o como decía el ahora “olvidadizo” de Tomás Borge: Los vigilantes de la alegría del pueblo.
El porqué de nuestra sana y desinteresada insistencia sobre el uso de la credencial con fotografía ostensible se basa en la evidencia histórica que se presenta con frecuencia en las notas de sucesos de los periódicos de un sinfin de delitos perpetrados por asaltantes que se disfrazan con uniformes policíacos para sorprender a ciudadanos indefensos obligándoles a detenerse por orden de “La Autoridad”, para posteriormente proceder a desvalijar de sus pertenecías, ya sea a pie o en vehículos como “modus operandi”. O bien, suele suceder que un (o varios) mal agente policial, después de cumplir con su horario de trabajo decida hacer unas cuantas horitas extras en beneficio de su propio peculio bolseando a transeúntes nocturnos, borrachitos, novios nerviosos y víctimas distraídas amparados en el uniforme de la institución. O bien, como suele suceder, al uniformado se le pierde o le sustraen momentáneamente su uniforme y el hábil ratero lo utiliza para cometer fechorías amparado en el uniforme de la autoridad. También sucede que un familiar, un amigo, o un vecino del agente puede apropiarse del uniforme, más si viven en la misma casa y, con él puesto, hacer tropelías abusando del uniforme en cuestión.
Lo anterior se basa en el principio de que todo ciudadano en el momento que mira un uniforme debe atender lo que le señale la persona que lo ostenta. El uniforme no es sólo la ropa vistosa, es un símbolo de autoridad, protección y respeto. El símbolo de una institución sólida y seria que tiene la sagrada tarea de vigilar y proteger a la ciudadanía. El uniforme debe portarse con orgullo, cuidarlo y protegerlo por el propio personal policíaco para hacerse respetar no por temor sino por orgullo. Es más, el uniforme debe de usarse únicamente cuando se está en servicio y nada más, el policía debe de vestir de civil cuando no está laborando por bien del mismo uniforme. Si el policía se respeta a sí mismo, ese respeto será ejemplo para el ciudadano y el ciudadano verá un uniforme completo cuando éste corresponda cabalmente a quien lo trae puesto. La manera más sencilla de que yo me entere es viendo la fotografía del policía unida al uniforme. Si hay otra manera más simple, fácil y económica, favor de indicarla.