La juventud cabal

J. Dávila y Castellón

Si realizáramos una encuesta sobre esta pregunta: “¿Qué es la juventud?”, seguramente, tal como suele suceder en la mayoría de los sondeos de opinión, los juicios emitidos al respecto, resultarían bastante variados de fondo y de forma.

“La juventud es la esperanza del mañana”, recuerda el maestro a sus alumnos. “En la juventud descansa el futuro de la Patria”, exclama el gobernante o el líder político. “La juventud es un verdadero desastre”, sostiene una anciana. “Juventud, divino tesoro…”, suspira el poeta.

Y ¿qué piensa el Papa Juan Pablo II de la juventud? El Papa a quien de modo casi frenético precisamente los jóvenes aclaman: “Juan Pablo II, nosotros te queremos mucho, nosotros te amamos”, Juan Pablo II nosotros sabemos que tú nos amas”.

El Vicario de Cristo cree en la juventud. Así lo demuestra en cada viaje apostólico, en cada “Jornada Mundial de la Juventud”, en donde tiene ocasión de encontrarse con miles de miles de jóvenes de ambos sexos. Justamente en estos días, en la “XV Jornada Mundial de la Juventud”, S.S., Juan Pablo II ha invitado a millón y medio de jóvenes congregados en el Vaticano, y por extensión a todos los jóvenes del mundo, a seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias, a dar literalmente la vida por Cristo si es necesario. El Papa ha llamado a los jóvenes cristianos “los santos del tercer milenio”. Lo ha expresado así: “ellos no temen ser los santos del tercer milenio”.

Sin duda alguna, este hermoso calificativo que el Sucesor de San Pedro aplica a la multitud, a la muchedumbre de jóvenes católicos, o sea a la Iglesia joven, no constituye un simple piropo papal o una manera de “halagar” a los muchachos. No. El Sumo Pontífice, hombre de fe y esperanza, siente y presiente la cercanía de un mundo nuevo construido de acuerdo a los valores del Evangelio para posibilitar la “Civilización del amor”.

“¿Qué es la juventud?”, se pregunta Su Santidad. Y de este modo responde a su propia interrogación: “no es solamente un período de la vida correspondiente a un determinado número de años, sino que es, a la vez, un tiempo dado por la providencia a cada hombre, tiempo que se le ha dado como tarea, durante el cual busca, como el joven del Evangelio, la respuesta a los interrogantes fundamentales; no sólo el sentido de la vida, sino también un plan concreto para comenzar a construir su vida. Esta es la característica esencial de la juventud. Además del sacerdote, cada educador, comenzando por los padres, debe conocer bien esta característica, y debe saberla reconocer en cada muchacho o muchacha; digo más, debe amar lo que es esencial para la juventud” -“Cruzando el Umbral de la Esperanza”-.

Podemos deducir, tomando en cuenta las palabras del Papa, que corresponde al sacerdote, al educador y especialmente a los padres de familia, enseñar al joven, al muchacho, a la muchacha, a ser joven; en otras palabras, ayudarle a descubrir y explotar positivamente su propia riqueza.

El joven no está llamado a la mediocridad, a la vida fácil, a la manipulación ideológica, ni al consumismo, ni al abuso sexual, el egoísmo, la explotación contra sus hermanos ni a dejarse aplastar. El joven está llamado a crecer no sólo en edad, sino en sabiduría, en madurez y en gracia delante de Dios y de los hombres, a ser él mismo, a conducirse como un ser responsable de sus actos, de su propia vida, de su Patria y de la historia.

El joven o la joven que hace un uso responsable de su propia libertad, de sus dones y talentos, el buen administrador de las riquezas morales, espirituales, intelectuales, físicas y materiales que Dios le ha confiado para compartir fraternalmente según el espíritu del Evangelio; en fin, el joven que al encontrarse con Cristo vive conforme los criterios de Cristo, el pensar, sentir y actuar de Cristo; un joven de esta mentalidad y estilo es, exactamente, afirmamos convencidos, el joven cabal, todo un hombre, toda una mujer, en permanente construcción, el santo, la santa del tercer milenio.  

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