Los que viajan a “pincel”

Adolfo Bonilla

Managua ya no es el pueblón de los años 40, cuando tenía una población de 100,000 habitantes, donde circulaba una sola ruta de buses –que recorría todo el casco urbano– y el resto de vehículos cruzaban las intersecciones al ritmo aproximado de uno cada cinco o diez minutos, época en que los coches de caballos eran los que servían de taxis. Tampoco es la ciudad post terremoto 72 que resurgió de las cenizas, con más de 300,000 habitantes, cuando el perímetro urbano se amplió inusitadamente y desaparecieron las filas de vehículos en las bocacalles. Ni es tampoco la ciudad fantasma en que se estaba convirtiendo en la década de los 80, cuando el tránsito vehicular iba escaseando y la única amenaza era el transporte colectivo y los temibles camiones IFA.

Ahora, –en el año 2000– la capital se está transformando penosamente (dolores de crecimiento) en una metrópoli moderna, de cerca de un millón de ciudadanos, con largas colas de vehículos y con fuertes amenazas a la seguridad física de los peatones, por la falta de medidas de protección a la gente que camina a pie en las calles.

Esta nueva situación plantea retos no sólo a las autoridades gubernamentales sino que a toda la ciudadanía, sea conductores o transeúntes, puesto que ni la capital ni los capitalinos estaban preparados para el tráfico de tanto vehículo motorizado. En lo que respecta a la infraestructura vial, todavía hay mucha ausencia de señalizaciones que protejan a los que se desplazan a pie, mucha falta de vigilancia y claridad en la protección de los transeúntes en los lugares con mucho movimiento vehicular. Además que existe mucho descuido en el mantenimiento del buen estado de las vías; por ejemplo, en tantos lados existen manjoles sin tapa, los cuales son trampas criminales para los que tienen que cruzar por allí, donde cada vez y cuando se desquebrajan las personas.

Con referencia a los peatones, por desconocimiento o por cualquier otro motivo, éstos cometen crasos errores que atentan contra su propia vida, pues normalmente se observan actos temerarios, como caminar a media calle; ignoran que en todo caso deben caminar a la izquierda de la calle o la carretera para no darle la espalda al tráfico; los que andan a pie deben saber: cómo cruzar una calle, dónde cruzar, cuándo tienen derecho, cuándo no lo tienen; y sobre todo, deben tenerse amor a sí mismos. Da la sensación de que la vida no vale nada.

De todas formas, ya es hora de que se piense no sólo en pasos a desnivel sino que también en las conocidas “arañas” que existen en otros países, pero siempre previendo la seguridad peatonal y de los ciclistas, para lo cual habría que diseñar los andenes correspondientes; también habría que contemplar la construcción de puentes peatonales en puntos estratégicos de la ciudad, para lo cual se hace indispensable la debida orientación a la población para que los utilice (el hacer uso de ellos puede convertirse en cuestión de vida o muerte). Todo esto involucra educación (desde el preescolar).

Definitivamente, habría que tratar de proporcionarle comodidad y fluidez vial no sólo a los vehículos de motor, sino que además de eso hay que tratar de garantizarle mayor protección y seguridad a los ciudadanos que viajan a “pincel”.

El autor es periodista.  

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