JORGE [email protected]
La industria bancaria descansa en un elemento fundamental: la confianza del público en el sistema financiero. Es en base a esa confianza que las personas depositan su dinero en los bancos en cuentas de cheques, cuentas de ahorro, o certificados de depósito a plazo fijo. La tasa de interés que éstos ofrecen pagar en los diferentes tipos de cuentas es tan sólo uno de los muchos factores que la gente considera al momento de decidir en qué banco depositar su dinero. Pero el elemento confianza tiene que estar siempre presente; no puede faltar. De otra forma no habrían depósitos.
Son muchos y muy variados los factores que hacen que la gente confíe en un banco: la idea de solidez y de solvencia que se tenga de él, el grupo económico al cual pertenece, la reputación de los dueños y de los administradores, su tamaño, su tiempo de existencia, etcétera, etcétera. Pero además, la gente confía en los bancos porque está convencida de que en caso que éstos tengan problemas financieros, el gobierno responderá por los fondos depositados en ellos. En Nicaragua esa convicción está generalizada, a pesar de que el gobierno no está legalmente obligado a garantizar absolutamente nada. Vemos entonces que el negocio bancario es, primero que nada, un negocio basado en la confianza. De ahí que sea tan importante mantenerla firme.
Cuando un banco es cuidadoso en sus operaciones de préstamos no tiene -por lo general- que tener problemas financieros. Pero sucede a veces que, en algunos de ellos, el deseo de crecer rápidamente y de obtener mayores utilidades lleva a sus administradores a realizar operaciones riesgosas. Incluso, la prevaleciente convicción de que el gobierno es, de hecho, responsable de los depósitos de los cuentahabientes, opera como un incentivo adicional para efectuar operaciones de alto riesgo.
Y es por lo anterior que se hace necesaria la existencia de una institución que regule y supervise las operaciones de las instituciones bancarias. Esas funciones le corresponden a la Superintendencia de Bancos, puesto que el dinero que éstos utilizan para hacer negocios y conceder préstamos es dinero de los depositantes o cuentahabientes. La Superintendencia de Bancos no puede garantizar el éxito de las instituciones bancarias y financieras, pero, un buen trabajo de su parte puede evitar que las pérdidas vayan mucho más allá del capital y reservas de cualquier banco que entre en crisis.
Para que una Superintendencia funcione como se debe, es indispensable que esté en manos de personas competentes, honestas, ágiles y prudentes, que conozcan el negocio bancario a fondo, y que operen bajo un criterio estrictamente económico. Esto último exige que la Superintendencia sea independiente del poder político. Al faltar cualquiera de esos elementos se convierte en un instrumento peligroso, ya que una acción de ella a destiempo, precipitada, o políticamente inspirada, puede agravar innecesariamente un problema, o tornar una crisis financiera manejable en una inmanejable. Es también debido a la fragilidad del elemento confianza, que es de fundamental importancia que las declaraciones públicas en torno a la crisis que pueda tener un banco en determinado momento, no sean emitidas por funcionarios gubernamentales que no estén directamente relacionados con la supervisión del sistema financiero. Y entre más alta sea la posición del funcionario en el gobierno, mayor debe ser el grado de restricción y prudencia ejercido al momento de hacer cualquier declaración.
Creo que en estos momentos la Superintendencia de Bancos de Nicaragua está presidida por una persona honesta y capaz, pero considero necesario que para que esa institución sea más efectiva y eficiente, es necesario incrementar su independencia del Poder Ejecutivo. Para ello se requiere revisar y reformar la nueva ley que la rige.
El rápido crecimiento económico que necesita el país requiere de un sistema bancario privado cada vez dinámico, responsable y solvente. El sistema bancario nicaragüense es joven y tiene un gran papel que jugar en el desarrollo de Nicaragua. Quienes crean que la solución a las ocasionales crisis bancarias es un retorno a la banca estatal están equivocados. La disciplina del mercado, combinada con una adecuada función regulatoria y supervisoria de parte de la Superintendencia de Bancos puede contribuir a fortalecer un sistema bancario que esté a la altura de las necesidades económicas del país.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.