JOSÉ DAVILA
Muchas personas sostienen, supuestamente con sinceridad, que al examinar la propia conciencia no encuentran de qué arrepentirse o qué rectificar en sus vidas. A pesar que la Biblia dice que “el justo peca siete veces al día”. Según un famoso teólogo contemporáneo, un método muy práctico y saludable para descubrir con relativa facilidad la verdadera situación moral en que nos encontramos, consiste en basar el examen de conciencia individual sobre el tema del amor a Dios y al prójimo. Así se vendría al suelo el estribillo aquel de cierto contenido farisaico: “Yo no mato, yo no robo, yo no le hago mal a nadie”. Una especie de moral fácil y reduccionista que se conforma con la pasividad y olvida que el cristiano no sólo debe evitar el mal, sino también, y principalmente, practicar el bien.
Al examinarnos sobre nuestro amor a Dios, quizás tendremos que admitir, honestamente que nuestro amor resulta ser muy débil o demasiado pobre, que el Señor no es precisamente el centro de nuestra vida.
¿Y qué significa amar a Dios con todo el corazón? El Vicario de Cristo, el Papa Juan Pablo II, después de aclarar que el amor a Dios es un viaje misterioso que “uno no lo emprende si Dios no toma la iniciativa”, explica así qué significa amar al Señor con todo el corazón. “Con todo el corazón. Subrayo aquí el adjetivo “todo”. El totalitarismo en política es malo. En cambio, en religión nuestro totalitarismo respecto a Dios cuadra estupendamente.
“Está escrito –continúa exponiendo el Papa–: “Amarás a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu poder, y llevarás muy dentro del corazón todos estos mandamientos que yo hoy te doy”.
“Incúlcaselos a tus hijos, y cuando estés en tu casa, cuando viajes, cuando te acuestes, cuando te levantes, habla siempre de ellos. Átatelos a tus manos, para que te sirvan de señal; póntelos en la frente entre los ojos; escríbelos en los postes de tu casa y en tus puertas” (Deut 6, 5-9).
“Ese “todo” repetido y aplicado a la práctica con toda insistencia es de verdad la bandera el maximalismo cristiano. Y es justo: demasiado grande es Dios, demasiado merece él ante nosotros, para que se le puedan echar, como un pobre Lázaro, apenas unas migajas de nuestro tiempo y de nuestro corazón. Es el bien infinito y será nuestra felicidad eterna; el dinero, los placeres y las venturas de este mundo comparados con El, apenas son fragmentos de bien y momentos fugaces de felicidad”, señala el Pontífice Romano.
Alguien decía que muchos cristianos “nos conformamos o solemos pagar el salario mínimo a Dios”, indicando de esa manera lo mezquino que a veces nos comportamos cuando se trata de corresponder con amor a aquel que tanto nos ama, con amor eterno y siempre fiel, hasta el extremo de darnos a su propio Hijo. Dios se merece “lo máximo”, ser el primero en nuestra vida diaria. El ejemplo concreto de los santos de la Iglesia nos sirve de ilustración para entender qué significa el “maximalismo cristiano” de que habla el Papa en su Catequesis sobre el amor de Dios.
Pero el amor a Dios no excluye el amor al prójimo, lo supone. Y el Papa quiere evitar malos entendidos, por lo cual clarifica: “no sería prudente dar mucho de nosotros a estas cosas y poco a Jesús”. El sucesor de San Pedro se refiere, cuando habla de “estas cosas”, al dinero, los placeres y las venturas de este mundo. Y continúa aclarando las ideas acerca del amor que debemos a Dios, al puntualizar: “sobre todas las cosas. Ahora se aboca a una confrontación directa entre Dios y el hombre, entre Dios y el mundo”.
No sería justo decir: “O Dios o el hombre”. Se debe amar “a Dios y al hombre”; pero a este último nunca más que a Dios o contra Dios o igual que a Dios. Con otras palabras: el amor a Dios es prevaleciente, sin duda, pero no exclusivo, concluye el Papa Juan Pablo II.