Alvaro Gaitán B.
Su concepción de la vida está impregnada en sus tradiciones y costumbres, ello habla mucho del ser de los masaya.
En Masaya se sintetiza la idiosincrasia del nicaragüense.
Son extremadamente alegres, por ende su ciudad es la más festiva del país. Amén del santoral de la Iglesia Católica, observa su propio santoral. En sus celebraciones religiosas pervive la religiosidad pre-hispánica, sus fiestas son las más largas del país; se extienden del 20 de septiembre al último domingo de noviembre.
Por antonomasia es la capital del folklore nacional, su creatividad artística le ha merecido configurar como cuna de las artesanías en Nicaragua. Sus mercados y tianguis son una feria de olores y colores. Sábado a sábado encuentran un pretexto para cualquier celebración a diario por doquier suenan los cohetes.
La baronesa de Wilson le bautizó como Ciudad de las Flores, ya nuestro gran Rubén Darío había cantado sus bellezas, y es precisamente de toda esta riqueza cultural en que se inspira Alejandro Vega Matus.
Desde el pasado seis y siete de julio Masaya ha sido herida por la naturaleza, un sismo de considerable magnitud ha dejado al descubierto las arterias de sus casas y templos; testigos mudos de años de historia.
En la memoria quedarán mil recuerdos.
No pasará mucho tiempo… han empezado de nuevo la partida.
No pasará mucho tiempo en que nuestros hermanos del Valle de la Laguna de Apoyo, sembrarán y cosechatrán en sus tierras nuevos frutos.
No pasará mucho tiempo en que los masayas revistan de nuevos colores sus casas, aquellas que no cayeron por vergüenza.
Reventarán los cohetes y sonarán las marimbas; entre alegrías y abrazos danzarán ¡al doctor de los pobres!… al que cura sin medicinas.
Las casas pletóricas de orgullo recibirán como siempre los bailes de negras; el baile de los hermanos artistas Bolaños, el de Bayardo González o los bailes juveniles de doña Auxiliadora Valle.
Se tendrá que demoler el templo de El Calvario, estrenarán los masayas uno nuevo y moderno, pero en sus corazones quedará el recuerdo de aquel templo en Semana Santa, donde muchos masayas, elevaron plegarias de gratitud al Creador o simplemente donde lloraron sus miserias; entre flores y veladoras, entre chicha y tamalitos. Ahí donde el fervor se mezclaba de horror y compasión por aquel mal ladrón.
No pasará mucho tiempo en que volverá de nuevo la alegría, ello no será más que en gratitud por aquel que tendió su mano, por el que lloró en silencio, por el que compartió su pan, por el que ofreció un plástico negro para protegerse del miedo y de la lluvia.
El masaya abrirá sus corazones de nuevo; sangrantes ahora, habrá acumulado en su ser que el dolor fortalece y que la esperanza sostiene. Que es en el darse que se encuentra al hermano; como aquel 23 de diciembre de 1972, que el masaya sin conocer nombre o apellidos compartió su hogar con el hermano desvalido.Pareciéndole poco ofrecieron sus cementerios, pero no eran suficientes y ofrecieron también sus alegrías para mitigar el dolor y con el tiempo compartiern sus apellidos y lo mejor del ser de los masayas.
Continuará siendo la ciudad más festiva del país; entre colores y olores, entre tradiciones y costumbres, entre sus celebraciones religiosas y sus artesanías Masaya emergerá de esta tragedia que no será más que un recuerdo que habrán incorporado a sus vidas.
El autor es ciudadano de Masaya.