- La convivencia contemporánea, y extemporánea, de distintas formas de vida en un solo país, como es el caso de Nicaragua, representa la marca más viva del atraso
Sergio Ramírez
El nuevo milenio se ha abierto para la humanidad no de manera global, sino segmentada, dependiendo de los grados de atraso o desarrollo de cada país o de cada región del mundo.
Mientras unas naciones se colocan en la cabeza incandescente de la cauda del progreso, y generan conocimiento y tecnología, a la par que se afirman en sistemas verdaderamente democráticos, otros se alejan hacia la cola como consumidores serviles, y lo que es peor, imitadores de viejas formas, hace tiempo superadas, de ejercicio del poder político.
Esto quiere decir que mientras unos países están ya en el siglo XXI, y crean las nuevas formas de vida, y de convivencia, otros luchan por salir del siglo XX, y aún otros, no terminan todavía de dejar atrás el túnel del siglo XIX. Esto no quiere decir que se trate de un atraso uniforme. Nicaragua, por ejemplo, igual que otros países de la cola, puede reproducir, al mismo tiempo, estadios de desarrollo que corresponden a diferentes épocas, desde las más avanzadas a las más primitivas.
Un sector reducido de la sociedad –eso que Robert Kaplan llama las nuevas élites homogéneas– domina las nuevas formas tecnológicas, y se apropia de ciertos niveles de bienestar, y es capaz, por lo tanto, de convivir con sus pares de otras partes del mundo, sea en Manhattan, o en Estambul, que tienen niveles parecidos de ingreso, creencias y educación.
Pero en el resto del tejido social, las diferencias son dramáticas. Desde los campesinos que aún siembran el maíz grano a grano, roturando la tierra con el espeque, como en los tiempos anteriores a la conquista española, a los indígenas de la costa del Caribe que subsisten de la caza y de la pesca, como aquel misquito que en el siglo XVIII el bucanero William Dampier se llevó como marinero, y dejó abandonado en la isla de Juan Fernández, en los mares del Sur, donde sobrevivió tres años cazando focas y cabras salvajes. Fue ese misquito en la isla solitaria el que inspiró el personaje de Robinson Crusoe a Daniel Defoe.
La convivencia contemporánea, y extemporánea, de distintas formas de vida en un solo país, como es el caso de Nicaragua, representa la marca más viva del atraso. Autopistas iluminadas, hoteles de lujo y centros comerciales que exhiben en sus vitrinas productos de marcas globales, y pueden estar en Miami, en Manila o en Santiago, y al poco trecho se entra en callejones oscuros que recuerdan los caminos rurales, y la propia cultura de la vida campesina, en la gran aglomeración desordenada que es Managua. El verdadero desarrollo es parejo, tiene una dinámica común, integra a los distintos sectores de la sociedad. Y tiene mucho que ver con el respeto a la democracia.
Porque donde el atraso es más visible, es en las formas caducas de ejercicio del poder, emparentadas con la marginación y la miseria. Ése es el callejón más oscuro. El autoritarismo, cualquiera que sea su signo, no genera riqueza, ni tampoco bienestar. Y ningún otro factor prueba mejor la modernidad, vista en términos integrales, que la calidad de vida política de un país.
El más empecinado enemigo de la modernidad democrática, sin la cual no es posible conseguir ninguna otra, ni en lo económico ni en lo social, es nuestro viejo caudillismo recurrente. Es un factor de atraso, que pugna por hacernos retroceder hacia el pasado de donde surge. En lugar de empujarnos al siglo XXI, donde debíamos pertenecer, nos arroja de cabeza en el siglo XIX, de donde no nos deja salir.
El caudillo puede surgir de una montonera, de una revolución armada y aún de una elección popular. Como si se tratara de una enfermedad maligna, el primer síntoma de su presencia es cuando decide quedarse en el poder a toda costa, atropellando las leyes, falsificando los procesos electorales, o reformando las constituciones a su propia medida.
El ciclo vicioso que nos ha perseguido siempre se abre otra vez, y el autoritarismo de nuestra historia antigua insiste en apoderarse del presente, y frustrar el futuro. Es una anormalidad maligna. Y en la medida en que esas viejas formas de poder sigan reproduciéndose, más lejos estaremos de ser compatibles en el mundo global que reclama modernidad en todos los sentidos, como puede verse en el caso de México.
Jugar a repartirse cuotas de poder, congelar la dinámica democrática, estorbar la libre participación política, viene a ser la vieja viveza del ratón que termina atrapado en su propia máquina de engaños.
La isla solitaria a que aludía antes, trayendo a cuento al misquito nicaragüense que inspiró al personaje Robinson, se vuelve una metáfora de la vida política primitiva. Y ya no puede repetirse. En el mundo de hoy, no es posible sobrevivir en aislamiento, lejos de la civilización democrática. El sólo hecho de intentarlo, se convierte en una triste osadía.
Especial para LA PRENSA.