JORGE [email protected]
He aquí una historia digna de Ripley. A una remota isla de Nicaragua llegaron unos extranjeros. Se enamoraron de ella y decidieron traer desde su país la suma de 3 millones de dólares para invertirlos en la construcción de un lujoso hotel. Pero he aquí que unos individuos que dicen defender la “dignidad” del lugar se opusieron al proyecto. Alguien inventó una acusación contra los inversionistas, y éstos fueron a dar con sus huesos a la cárcel. Increíble, pero cierto. Sucedió en Corn Island la semana pasada.
Resulta que un tal “Movimiento por la Defensa y la Dignidad de Corn Island” se opone a que se construya el hotel en un insalubre lodazal criador de zancudos –llamado ahora por los ambientalistas y ecologistas con el eufemístico nombre de “humedal”–, alegando que su conservación es necesaria para preservar el abastecimiento de agua potable de la isla. “No queremos otro San Andrés”, aseveran insensatamente los “defensores de la dignidad”, refiriéndose a la Isla de San Andrés, donde –bueno es saberlo– el estándar de vida es muy superior al de la empobrecida e insalubre Corn Island.
Me cuesta muchísimo creer que haya gente tan necia que se oponga a secar un sucio pantano para hacer un hotel que contribuiría al tan necesario desarrollo económico de la isla. Los habitantes de las islas de Gran Caimán parecen ser más inteligentes que nuestros cornaileños. Aquéllos decidieron elevar su estándar de vida. Para ello, secaron todos los pantanos, construyeron muchos buenos hoteles, se hicieron ricos, y pusieron una planta desalinizadora para extraer agua del mar y hacerla perfectamente potable. El resultado de su decisión lo puede ver cualquiera que llegue a Gran Caimán. La gente vive bien; muy bien. El ingreso per cápita de los 39,000 caimaneños es de 24,500 dólares anuales.
Una de las tierras agrícolas más fértiles y productivas del mundo están en el estado de Illinois en Estados Unidos. Una manzana de tierra ahí vale y produce miles de dólares. Sin embargo, no era así cuando llegaron los colonizadores. En ese entonces, esas tierras no eran más que apestosos pantanos en los que los nativos tenían que construir sus chozas en zancos para escapar de los millones de mosquitos que infestaban el lugar. La mano del hombre transformó el ambiente y lo hizo bello y productivo. Esa misma mano ahora pretende ser amarrada por individuos que se autoproclaman defensores del ambiente, cuando lo que hacen, quizás sin darse cuenta, es condenar a la gente a la pobreza y a la miseria.
Lo que está sucediendo en Corn Island es un reflejo de lo que sucede en toda Nicaragua. Tenemos un problema de mentalidad. Y lo que es todavía peor: es un problema que está siendo alimentado desde fuera. Me explico. Existe entre nosotros una actitud antiempresarial que fue reforzada durante la época sandinista. Ahora, grupos ecologistas y ambientalistas de todas partes nos han invadido, trayendo consigo una sobrecarga de antipatía contra el mercado y el mundo de los negocios, aunque ellos aducen estar interesados solamente en la preservación y conservación del medio ambiente. Lo triste del caso es que aquí nos hemos tragado el anzuelo con todo y la manila. No nos damos cuenta que con todas las restricciones, regulaciones y condicionalidades que nos van imponiendo, poco a poco nos van maniatando, hasta que llegue el momento en que habrá una cantidad de actividades empresariales que no serán viables en Nicaragua, ya sea porque serán totalmente prohibidas, o porque las regulaciones habrán elevado tanto sus costos que las harán no rentables.
Lo ocurrido en Corn Island es serio. Es un problema que el Gobierno nicaragüense debe afrontar con rapidez y energía. No es algo que pueda dejarlo en manos de MARENA ni de ningún Consejo Regional. Aquí lo que está en juego es el futuro de Nicaragua. O invertimos y nos desarrollamos, o nos resignamos a vivir como mendigos dependientes de la caridad internacional. Si esto último es lo que queremos, sugiero que pongamos un anuncio en el aeropuerto internacional que diga: ¡Inversionistas, go home!
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.