Ministerio Arquidiocesano de Predicación Madre de la Nueva Alianza
“Hace algunos años leí que eran tres las formas fundamentales de relación de los hombres en sociedad: el amor (cuya dosis mínima es la justicia), (el conflicto que puede generar en el odio y exterminio), y la indiferencia. La indiferencia es la forma de relación más común, pero también la más gris, congeladora y desesperante de nuestra civilización moderna: es la que convierte en un número a la persona humana, la que mira al otro como un cero a la izquierda […] amar a un ser humano, dice Gevaert, es querer que coma, que beba, que se vista, que tenga una casa, que adquiera instrucción y cultura, que tenga seguridad social, que desarrolle libremente las dimensiones de su existencia”. (PAC)
No es fácil abordar temas políticos, económicos y sociales en estos tiempos. En cada esquina se elevan ecos de posturas encontradizas, antagónicas y polarizadas. ¿Debe la Iglesia callar? ¿Ha de empeñar su palabra y soterrarla? ¿No debe de anunciar la buena nueva de Jesucristo, enarbolando la recomendación del apóstol: predica y enseña a tiempo y destiempo?
El Papa Juan Pablo II nos recordó en la Exhortación postsinodal Ecclesia in América n.57: “Conviene recordar, que el fundamento sobre el que se basan todos los derechos humanos es la dignidad de la persona […] esta dignidad es común a todos los hombres sin excepción, ya que han sido creados a imagen de Dios”. El catecismo de la Iglesia Católica nos dice cuándo la Iglesia tiene que alzar su voz a favor de los hijos de Dios, al definir lo que es Doctrina Social de la Iglesia: D.S.I. es el juicio moral que la Iglesia pronuncia en materia social, política y económica “cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas” (GS 76.5).1 Cuando las personas son obligadas a trabajar excesivamente por sueldos que no están acordes con el esfuerzo realizado y el tiempo empleado; cuando las multitudes claman por justicia; cuando centenares carecen de techo, cuando miles se ahogan en el desempleo; cuando los crímenes de los poderosos quedan impunes; cuando se avasalla al hombre y se le condena a una muerte lenta; cuando se aplican impuestos elevados y los beneficios sociales no alcanzan a todos; cuando se amenaza con la guerra, la destrucción o la barbarie a una nación; cuando se reclamen derechos sin esforzarse por cumplir deberes; cuando la política olvida su dimensión de servicio y se transforma en ‘voluntad de poder y dominio’; cuando se atropella a cualquier ser humano y está en peligro su salvación por el error, la violencia, el vicio o la corrupción; la Iglesia alza su voz, abogando por la dignidad de todo ser humano. Pero esta voz la dirige a Dios en forma de plegaria y al hombre en forma de enseñanza. Si nos dejáramos instruir por la Iglesia evitaríamos sobre nuestras tumbas aquel epitafio que pronuncia la sentencia lapidaria de Sal. 44, 13.21: “Cum in honore esset non intellexit”. (A la memoria de los que no fueron conscientes y responsables de su grandeza).