PBRO. SILVIO FONSECA MARTINEZ
Este es mi hijo amado
Lectura del Santo Evangelio, según San Marcos 9, 2-10
En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados.
Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: “este es mi hijo amado; escúchenlo”.
En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de “resucitar de entre los muertos”.
Palabra del Señor.
Lecturas bíblicas
Daniel 7, 9-10, 13-14/2da. San Pedro 1, 16-19/San Marcos 9, 2-10
El domingo pasado mencioné que a lo largo de estos domingos leeremos el Capítulo 6 del Evangelio de San Juan que nos trae discurso eucarístico de Jesucristo; esta vez se hace también otra interrupción al celebrar la solemnidad de la transfiguración del Señor; texto que leemos también en el segundo domingo de Cuaresma; pero esta vez con otra óptica distinta: la persona de Jesucristo.
En la transfiguración Jesús adelanta su gloria y prepara a sus apóstoles para el sufrimiento. El diálogo con Elías y Moisés recoge el Antiguo Testamento y confirma que Jesús es el Hijo y enviado del Padre para llevar la salvación de la humanidad; pero el sacrificio que se debe hacer por ella no quedará sin recompensa, sino que le espera la gloria. Así el Señor se nos revela como el ejemplo perfecto, que nos invita a permanecer fieles y ser valientes frente a las adversidades de la vida; el pan nuestro de cada día donde humanamente nos sentimos tentados a claudicar.
En la espiritualidad cristiana, el sacrificio es el rostro mismo de la gloria; pero refiriéndola a Jesucristo: de lo contrario no tiene méritos; de esta manera entramos en choque con el mundo que por naturaleza lo rechaza. El mensaje de la cruz será siempre el centro de la predicación cristiana porque de ella viene la fuerza y el consuelo.
Pero esta vez la liturgia quiere que nos detengamos en el gozo espiritual que se experimentó y se experimenta en la transfiguración; así lo confirma Pedro en aquel momento: “Maestro, ¡que gusto estamos aquí! (Mc. 9,5); una vivencia que pocos la viven y poco se oye, y un deseo y necesidad ardiente a la naturaleza humana y a la vida cristiana; sobre todo en una sociedad bombardeada sólo de falsas promesas, de violencia, etc., basta oír, ver o leer algún medio de comunicación y en general son portadores de malas noticias; creando sólo un ambiente de pesimismo truncando sin escrúpulos el futuro de la niñez y de la adolescencia, que nos llevaría a vivir lo contrario: ¡Señor, qué disgusto es vivir aquí! Me pregunto: ¿en realidad sólo cosas malas suceden en el mundo? ¿No habrán gozos y esperanzas para las futuras generaciones? ¿Por qué silencian estas verdades si las hay?
La Iglesia y cada cristiano está llamado a transfigurarse y ser mensajero de esperanzas, a inyectar ese gozo que Jesús hizo a sus apóstoles. La Eucaristía, nuestras reuniones, deben ser también experiencias de transfiguración, donde los cristianos quisieran permanecer; por eso debemos preocuparnos cuando se respira en nuestras misas un ambiente de aburrimiento que invita al pueblo de Dios más bien a abandonarlo lo más pronto posible.
¡Que Jesús con su gracia nos transfigure a todos en una nueva creatura!